Quien ignora las Escrituras, ignora a Cristo.


SAN JERÓNIMO ESTRIDONÉS

(347- 419/420)


Existen en la historia del cristianismo antiguo pensadores con características muy particulares, como es obvio pues cada persona es única e irrepetible, pero en algunas personas ciertas características suelen ser más sobresalientes de lo ordinario. Jerónimo de Estridón era una ciudad de la provincia romana de la Dalmacia, no se sabe exactamente en donde estaba ubicada, pero en el 379 fue destruida por los Godos, lo cuenta el mismo Jerónimo en su famosa obra De viris illustribus. Jerónimo muere en Belén, Judea donde había fundado un monasterio y donde él mismo vivía en la soledad y la meditación, hacia el 419 o 420, por tanto contemporáneo a otros grandes hombres tales como Agustín de Hipona, Ambrosio de Milán, Paulino de Nola, Nicetas de Remesiana, Rufino de Aquilea.


Perteneciente a una de las provincias romanas, como lo hemos resaltado en el parágrafo anterior, los estudios los realizó en Roma, en donde también, como casi todos los estudiosos de su tiempo, cursó la retórica; fue alumno de Mario Victorino, un reconocido filósofo neoplatónico convertido al cristianismo y que también influyó en Ambrosio de Milán y en Agustín de Hipona. De aquí que estos tres grandes pensadores cristianos de la antigüedad tengan mucho en común, y de hecho los tres serán reconocidos por la Iglesia como tres de los cuatro grandes Padres Occidentales.


Jerónimo por algún tiempo buscó la vida ascética y anacorética sea en Tréviri que en Aquilea donde viviendo por algún tiempo se desilusionó por la “enemistad” que surgía entre los ermitaños. Este aspecto no nos debe escandalizar, pues el ser humano aún y cuando se esmera por vivir los valores del reino de Dios, sigue siendo plenamente humano y los temperamentos son una manifestación clara de esta nuestra humanidad. Y Jerónimo tenía un temperamento verdaderamente dálmata, es decir muy reacio y no fácil para la convivencia con otros.


Después de su ordenación presbiteral fue a Constantinopla en donde tuvo como profesor de griego a San Gregorio Nacianceno, que es uno de los así llamados “padres capadocios” junto con San Gregorio de Nisa y San Basilio el Grande. Allí en el estudio y perfeccionamiento del griego se dedicó a la lectura de los textos de Orígenes Alejandrino y los de Eusebio de Cesarea.


En el 382 regresó a Roma y fue nombrado secretario del papa Dámaso. Durante este período de su estadía en Roma se formó un grupo de vírgenes y viudas (casi todas de las clases altas) guiadas por una tal Marcella y la rica viudad Paula, que acompañaban a las hijas: Eustoquio y Blesilla, que deseaban dedicarse a una vida ascética de oración, meditación y abstinencia, tomando a Jerónimo como padre espiritual. Será con algunas de ellas, Santa Paula y Santa Eustoquio, madre e hija, que formará el monasterio femenino en Belén.


Según algunos historiadores, Jerónimo que gozaba del aprecio del Papa Dámaso, tenía grandes posibilidades para ser el sucesor, pero como tenía una postura muy rígida a favor del celibato eclesiástico y contra las “agapetas” vírgenes consagradas que vivían con los clérigos, y que la iglesia en el siglo IV prohibió (concilio de Ancira 314). Tal era la aberración que Jerónimo tenía hacia esta práctica que escribirá en una carta a Santa Eustoquio:


“Oh que vergüenza, qué infamia! Cosa horrenda pero verdadera!

De donde le viene a la Iglesia esta peste de las agapetas?

De donde estas esposas sin maridos?

De donde por fin esta nueva especia de prostitución?”

Lettera a Eustochio, Sofronio Eusebio, Girolamo.


Aquí en este breve texto se puede ya comprender el carácter de Jerónimo y la rigidez con que guiaba al grupo de monjes y al de las monjas por separado.


Esta misma rigidez la usaron sus enemigos en la curia para contrastar su grande popularidad a papa, y le achacaron que debido a los largos ayunos con que forzaba a las monjas, Blesilla, hermana de S. Eustoquio e hija de S. Paula, había muerto por no soportar tal rigidez.


Así Jerónimo se aleja de Roma, y de Ostia parte en el 385 hacia Oriente, donde siguió luchando por el celibato eclesiástico, y en l mismo año gracias al apoyo económico de Santa Paula y otras matronas romanas, fundó un monasterio masculino en Belén, y después uno femenino. El mismo Jerónimo se fue a vivir al monasterio en el 386 y allí permaneció hasta su muerte.



Entre sus obras más famosas y la que le ganó también el título de “padre de la iglesia” está la traducción que hiciera de la Sagrada Escritura del hebreo – arameo al latín. La primer tradución latina completa de la biblia, pues ya existían algunas traducciones conocidas como las Vetus Latina pero la originalidad de Jerónimo es que él traduce del texto masorético hebreo, mientras las otras traducen del griego. Esta traducción de Jerónimo que le pidió el Papa Dámaso que hiciera, será conocida, muchos siglos después como La Vulgata, y será muy utilizada en la Iglesia para los textos oficiales, hasta el siglo XX. Es en este siglo que los estudiosos de la Sagrada Escritura preferirán hacer nuevas traducciones basados no solo en la Vulgata, sino considerando también la Vetus Latina y las diversas traducciones griegas.


Detengámonos un momento para conocer un poco cómo afectó también esta traducción de Jerónimo en la parte occidental de la iglesia. Leamos qué cosa le escribió Agustín expresando el sentir de algunas comunidades.

Así escribe Agustin en la Carta 71 a Jerónimo, del año 403.

Agustín saluda en el Señor a Jerónimo, señor venerable, santo y deseado hermano y co-presbítero:

“Cierto, más quisiera yo que tradujeses tan sólo las Escrituras canónicas griegas, que corren bajo el nombre de los Setenta traductores. Si tu traducción del hebreo comienza a leerse con frecuencia en muchas iglesias, va a ser doloroso que las iglesias latinas no vayan de acuerdo con las griegas, máxime teniendo en cuenta que es fácil señalar con el dedo a un disidente con sólo abrir los códices griegos, es decir, en una lengua conocidísima. Por el contrario, supongamos que a alguien le cause extrañeza un pasaje insólito en la traducción del hebreo y quiera acusarte de delito de falsificación: no se hallarán casi nunca, o nunca, testimonios hebreos en defensa de dicho pasaje. Y aunque llegare a haberlos, ¿quién tolerará que condenes tantas autoridades griegas y latinas? Añádase a esto que los judíos consultados pueden contestar a su vez con otra traducción distinta; en ese caso, tú serás el único que podrás convencerlos. Pero será raro que puedas encontrar un juez que pueda fallar tu pleito con tales judíos”. Y más adelante: “…cierto obispo, hermano nuestro, dispuso que se leyese tu traducción en la iglesia que él gobierna. Extrañó al pueblo que tradujeras un pasaje del profeta Jonás de modo muy distinto del que estaba grabado en los sentidos y memoria de todos, y que se había cantado durante tan larga sucesión de generaciones…. El obispo fue obligado a corregir su presunta falsead, si no quería quedarse sin el pueblo, después de gran conflicto. Me parece a mí que tú asi mismo puedes algunas veces equivocarte. Y ya ves las consecuencias que se siguen por apoyarnos en códices que no pueden ser enmendados por cotejo de testimonios en lenguas conocidas”.

A lo que Jerónimo responde en la carta 75, año 403-404

Jerónimo saluda en el Señor a Agustín, señor verdaderamente santo y beatísimo padre,

“…«Porque eres tú quien tejes esa fábula en tu carta: cierto obispo, hermano nuestro, dispuso que se leyese tu traducción en la iglesia que él gobierna. Extrañó al pueblo que tradujeras un pasaje del profeta Jonás de modo muy distinto del que estaba grabado en los sentidos y memoria de todos y que se había cantado durante tan larga sucesión de generaciones. Hubo tumulto popular máxime cuando los griegos protestaron y recriminaron el pasaje como falso. El obispo de Oea, que era la ciudad aludida, se vio obligado a acudir a los judíos para defenderse. No sé si por ignorancia o malicia, contestaron ellos, en contra tuya, que los códices hebreos decían lo mismo que los griegos y latinos. ¿Qué más se necesitaba? El obispo fue obligado a corregir su presunta falsedad, si quería quedarse con el pueblo, después del gran conflicto. Me parece a mí que tú mismo has podido algunas veces equivocarte»… Dices, pues, que he traducido mal una frase del profeta Jonás y que un obispo casi ha perdido su dignidad por sedición de su pueblo, ya que éste empezó a protestar por la disonancia de una sola palabra. Pero no dices qué es eso que yo he traducido mal, y así me quitas la posibilidad de defenderme; digas lo que digas, yo no puedo resolver nada con mi respuesta. Y si como tú afirmas, esos vuestros judíos, por malicia o ignorancia, aseguran que en los originales hebreos se dice lo mismo que en el griego y en el latín, es manifiesto que ignoran la lengua hebrea, o quisieron mentir para burlarse de los calabaceros. Te ruego al fin de esta carta que no obligues a pelear y poner de nuevo en riesgo la vida de un anciano retirado, que fue hace ya mucho tiempo veterano. Tu, que eres joven y estás situado en la cumbre pontificia, enseña a los pueblos y llena los almacenes de Roma con los nuevos frutos del África. A mí me basta susurrar al oído de un pobrecillo oyente o lector en un rincón de monasterio”.


¿Qué podemos aprender de estas cartas? Claro están citados sólo fragmentos de las mismas para no extendernos demasiado. No fueron seleccionados por malicia o ignorancia, siguiendo los términos utilizados en ellas.


La intención de citarlas es para hacer ver al lector en primer lugar, si bien ambos grandes oradores se atienen a las leyes del bien escribir y bien expresarse, utilizan un saludo muy respetuoso y reverencial, como era habitual por tratarse de grandes escritores.


Las cartas van asumiendo un cierto colorido a menudo que van adentrándose en asuntos más específicos, como lo son las traducciones de ciertos libros de la Sagrada Escritura. A nosotros nos pudiese parecer algo exagerado por parte de Agustín el reclamo que le hace a Jerónimo o la respuesta algo exaltada de Jerónimo a la insistencia de Agustín, pero veamo más allá de lo que está escrito. Agustín representa la parte de los que no conociendo la lengua hebrea, encontraban muy distinta la traducción que hacía Jerónimo, acostumbrados a la traducción griega de los Setenta, era normal que extraña mucho la lectura de la traducción del Estridonés. Jerónimo por su parte, fiel al Señor, hace una traducción, por petición del Papa Dámaso, y porque no estaba muy convencido que la traducción de los Setenta fuera exacta. Ambos autores aman la Escritura y son los dos grandes expositores, y comentadores de la misma. Pero el hecho de que tengan visiones divergentes no debe espantarnos, sino más bien, debe edificarnos el hecho de que aceptan sus diferentes opiniones y aportan aspectos importantes sobre la verdad de las Escrituras.


Como éstos, hay otros elementos de encuentro entre ambos autores en la correspondencia que tuvieron por algunos años. Sería genial que nosotros aprendiésemos de ellos la capacidad de diálogo, no importa que sea con algo de colorido, algo de ironía y sarcarmo, pero al fin diálogo que ayuda a comprender que la Verdad tiene muchos matices y se la encuentra no por un solo camino.


Jerónimo escribió otras obras como lo mencionamos arriba, sobre los hombres ilústres, en donde hace un resumen de la vida y obras de los principales escritores hasta su tiempo, obra que después seguirán otros estudiosos como Genadio de Marsella, hasta Isidoro de Sevilla.


Tiene Jerónimo grandes homilías, y comentarios a la Sagrada Escritura que nos pueden ayudar mucho a comprender mejor el gran espíritu de caridad, la gran ciencia y la audacia de este padre de la Iglesia. Estaba convencido del mandato del Señor: “Escruta las Escrituras”, y también de esa frase suya tan famosa: “Aquél que no conoce las Escrituras, no conoce la potencia de Dios, ni su Sabiduría. Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. (Comm. Al profeta Isaías).


Intercede por nosotros este hombre de Dios, que el arte representa casi siempre como un ermitaño semidesnudo meditando y traduciendo las Escrituras. Hombre doctísimo y de gran carácter, dos virtudes necesarias para vivir plenamente la misión que Dios le dio.



(Imágenes de la Gruta de san Jerónimo, bajo la basílica de la Natividad en Belén. Vivió en la ciudad de Belén, y fue donde escribió la Biblia, llamada “Vulgata” (edición para el pueblo), eligió estas grutas para su sepultura. Fotografías: Daniel Ramos. 2016)

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