Ireneo de Lyon; el nuevo Doctor de la Iglesia


"Hay un solo Dios Soberano universal

que creó todas las cosas por medio de su Verbo"


El pasado 21 de enero de este mismo año en curso 2022 su santidad Papa Francisco declaró solemnemente a Ireneo de Lyon “Doctor de la Iglesia”, otorgándole el título de Doctor Unitatis, es decir, Doctor de la Unidad.


Quizá muchos aún tienen alguna confusión al escuchar la frase “doctor de la Iglesia” ciertamente no se está hablando de doctor en el sentido común del médico general o especializado en ciertas áreas de la salud. Cuando en el ambiente eclesial se habla de “doctor” se refiere a esos santos o santas que por su erudición y por ser grandes maestros de la fe para muchos fieles son reconocidos solemnemente como tales por la autoridad suprema de la Iglesia que es un Concilio ecuménico o el Vicario de Cristo, el Papa.


Pues bien, la Iglesia Católica ha otorgado, ya sea por medio de un Concilio ecuménico o a través de los diversos papas, el título de “doctor de la Iglesia” a 37 santos y santas, de los cuales treinta y tres varones y hasta la fecha cuatro mujeres. Entre los varones el último de ellos es precisamente Ireneo de Lyon, quien es el segundo doctor proclamado por el actual sumo pontífice Francisco, el primero fue San Gregorio de Narek “doctor Armenio” en el 2015.


¿Quién es San Ireneo de Lyon? ¿Por qué recibió tal reconocimiento oficial por parte de la Iglesia?


En realidad, poco sabemos de la historia de Ireneo antes de su servicio episcopal, no tenemos datos precisos de su nacimiento y formación. Lo poco que se sabe de él son las noticias que nos dejó por escrito el historiador Eusebio de Cesaréa en su famosa obra Historia Eclesiástica en el cap. V, 3-25[1].


Se dice que es originario del Asia Menor donde de joven pudo haber conocido y escuchado a San Policarpo obispo mártir de Esmirna; tampoco se sabe cuándo exactamente, pero llegó a Lyon en La Galia (Francia) como muchos otros miembros de la comunidad de Lyon a través de las rutas comerciales de ese entonces.

Fue en el 177 que la comunidad de Lyon lo envió, siendo ya presbítero, a Roma, con una carta para el obispo de Roma Eleuterio (174-189) en donde los presbíteros de Lyon le piden al obispo de Roma de no romper la comunión, es decir, no excomulgar a los montanistas (secta que después fue efectivamente excomulgada) que en ese tiempo no se habían alejado mucho de la ortodoxia de la fe.


Cuando Ireneo regresa Lyon, el obispo de la ciudad, Potino, fue martirizado y el pueblo eligió a Ireneo como sucesor del mártir obispo (en el 189). Existe además otra carta que invita a la comunión también enviada al obispo de Roma; Víctor, sobre la datación de la Pascua del Señor (189-199 ca.) en la cual Ireneo toma la misma postura del obispo Policarpo, el cual había discutido pacíficamente con el obispo Aniceto de Roma las diferentes ideas sobre la datación de la Pascua, y aún y cuando no llegaron a un acuerdo, Aniceto no excomulgó a quienes optaban por la “práctica cuartodecimal”, es decir, aquellos que querían celebrar la Pascua del Señor el día 14 del mes Nisán independientemente del día de la semana (el mismo día que los judíos). Y como la mayoría de las iglesias optaba por celebrar la Pascua dominical, es decir, el domingo después del 14 de Nisán, el papa Víctor quiso separar de la unidad a las iglesias del Asia Menor, en su mayoría cuartodecimanas, allí intervino Ireneo para lograr que el papa no excomulgara a estos cristianos y para convencer a los cristianos de Asia Menor para que a través del diálogo pudiesen llegar todos a un acuerdo, teniendo éxito.


Ireneo muere alrededor del año 200, posiblemente martirizado, según lo narrado por San Jerónimo (Commentarii in Isaiam 17, 64), pero en realidad no se sabe con certeza.


Lo que sí sabemos es que escribió dos obras de grande importancia: Adversus Haereses (cuyo título es: desenmascaramiento y confutación del falso conocimiento, comúnmente conocida como: Contra las herejías), y Epideixis (Demostración de la predicación apostólica). Ambas obras representan el esfuerzo intelectual de los cristianos de finales del siglo II e inicios del s. III por comprender la fe. Ireneo es conocido como el primer teólogo de la Iglesia naciente, pues en sus escritos propone todo un programa de lo que él llama la “verdadera gnosis” es decir, el verdadero conocimiento que es:


Hay un solo Dios Soberano universal que creó todas las cosas por medio de su Verbo, que ha organizado y hecho de la nada todas las cosas para que existan.


En su obra Adv. Haer. Ya desde el inicio Ireneo niega a los gnósticos el derecho de llamarse así, pues afirma que el único y verdadero conocimiento de la fe fue transmitido por Cristo a los Apóstoles, y por ellos sucesivamente fue puesto por escrito en el Nuevo Testamento. Y afirma que:


los libros secretos que los gnósticos citan, o el conocimiento personalmente inspirado fuera de la Escritura, llevan necesariamente al error y por esto mismo deben ser considerados herejes[2].

En su otra obra, Epideixis, Ireneo de forma más breve hace un compendio de su teología contra las doctrinas erróneas de su tiempo. Después de una introducción, sigue la teología de la salvación: Dios y la creación; el pecado del hombre y la misericordia de Dios; el cumplimiento de la redención por medio de Cristo. La segunda parte trata la Historia de la salvación partiendo de la Sagrada Escritura.


Del gran esfuerzo de este teólogo, Padre de la Iglesia, y pensador del cristianismo primitivo, por desenmascarar las doctrinas erróneas de su tiempo y por buscar siempre la comunión en toda la Iglesia a través del diálogo entre la parte Oriental y la Occidental, puesto que conocía perfectamente ambas realidades, se comprende el porqué su santidad papa Francisco haya otorgado a este santo el título de Doctor Unitatis.




Si te sientes confundido (a) con tantas ideologías de pseudocristianismos y corrientes modernas tales como las señaladas por papa Francisco en su Exhortación Apostólica sobre la llamada a santidad y el mundo contemporáneo (19 marzo de 2018): neognosticismo y neopelagianismo; te recomiendo leer con calma algunos fragmentos de los escritos de San Ireneo de Lyon, estoy seguro que te ayudarán grandemente a conocer mejor tu fe, que es el tesoro que la Iglesia conserva y transmite a cada generación, y a amar y defender este don que Dios en su infinita misericordia te ha dado.




¡Bendiciones, paz y bien!


 

[1] Cf. Eus. h. e. V, 3-25 (ed. G. Bardy, SCh 41, Paris 1955). [2] Cf. H. R. Drobner, Patrología, Cassale Monferrato 2002, 181.


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