Es tiempo de...¿orar?

Este tiempo en que se nos concede estar más en diálogo con nosotros mismos, tiempo de profundizar, de interiorizar, es sin duda una oportunidad para entrar también en diálogo con Dios, expresarle lo que sentimos, lo que deseamos, lo que le necesitamos. Les propongo la ayuda de Orígenes Alejandrino (184-253 d.C.), un escritor cristiano de mucha importancia para la iglesia por todos sus escritos y sus comentarios a la Sagrada Escritura, al que últimamente se le está descubriendo como maestro de espiritualidad.




Orígenes no ofrece una definición particular sobre la oración. Para él, como para muchos autores de su tiempo, era algo ya dado por conocido, y parte de dos preguntas para hablar de la oración: ¿qué orar? Y ¿cómo orar? Estas dos interrogantes nos dejan al descubierto lo que el alejandrino entendía por la oración: un estar gozando la presencia de Dios en nosotros, confiándole lo que nuestro corazón anhela.


1. Objeto y modo de la oración



Siguiendo nuevamente a San Pablo, recuerda que éste apóstol afirma: “Pues nosotros no sabemos orar como conviene” (Rom 8, 26). Por lo tanto concluye Orígenes que es preciso no sólo orar, sino orar como es debido y pedir lo que conviene. De una forma tan simple y a la vez tan inspirada dice:


"sería deficiente nuestro esfuerzo por entender lo que debemos pedir si nuestra oración no se hace como es debido. Asimismo, ¿de qué nos sirve orar <como es debido> si no sabemos qué pedir?" [1]

Mucha lógica tienen sus palabras, y cuánta dificultad encontramos en la oración, y la verdad es que por lo general creemos que orar es sólo repetir frases ya elaboradas o estar hablando todo el tiempo, cabría entonces la pregunta honesta ¿conozco yo lo que es orar debidamente? ¿De verdad sé lo que debo pedir en la oración?


Sobre la primera pregunta que se hace Orígenes responde al qué se ha de pedir, lo cual significa en pocas palabras el contenido de la oración. Y aquí aconseja siguiendo la exhortación evangélica: “Pedid cosas grandes, y las pequeñas se os darán por añadidura; pedid por los que os maltratan” (Lc 6,28). Y “al orar no charléis mucho, como lo gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados” (Mt 6,7).




Ya tenemos así de acuerdo al alejandrino el objeto de nuestra oración, las cosas grandes, no quedarnos en pequeñeces, la oración debe mirar alto, no dejarnos guiar por sentimientos mezquinos, ni pusilánimes, ni de falsa humildad, la oración debe buscar lo que es sublime, lo que es humanamente imposible, lo que a nosotros parece tan inalcanzable.


Y sobre el modo de orar, igualmente basado en la autoridad de la Palabra Divina, afirma:


Quiero que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo manos piadosas, sin ira ni discusiones. Lo mismo las mujeres: que vistan decorosamente, preparadas con pudor y maestría, no con trenzas ni con oro o perlas o vestidos costosos, sino con buenas obras, cual conviene a mujeres que hacen profesión de piedad

(1 Tim 2, 8-10).



Además en el evangelio encuentra Orígenes otra indicación sobre el cómo orar:


Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano. Luego vuelve y presentas tu ofrenda

(Mt 5, 23-24).



Y de aquí parte para preguntarse: ¿podrá el hombre presentar a Dios una ofrenda mejor que la plegaria del suave olor que brota de la conciencia limpia ya del sucio olor del pecado?


Ya estos pasajes nos sirven para comprender la dirección en que nos guía el alejandrino sobre el modo de orar. De hecho continúa: “Cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno” (Mc 11, 23). Esto como es notorio en los discursos o sermones de los escritores cristianos de la antigüedad, para reafirmar sus ideas utilizaban textos de la Escritura como testimonio calificado. Así Orígenes sigue dando fuerza a su argumentación citando al grande apóstol de los gentiles: “No sabemos qué pedir ni cómo se ha de orar”, pero indica que esa ignorancia le será perfeccionada a la persona merecedora de tal complemento. Por eso dice:



El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene, mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inenarrables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios

(Rom 8, 26-27).


En estas líneas ya se entrevé lo que Orígenes descubre de gran originalidad en el orar de un cristiano: la acción del Espíritu en el hombre, no es entonces, el ser humano que toma la iniciativa, recibe un don, y ese don que es el poder orar, lo hace guiado, impulsado, por el Espíritu de Dios que habita en él.


[1] Cfr. Orígenes, op. cit. 123.



Orígenes -aunque no oficialmente- es considerado un Padre de la Iglesia oriental, destacado por su erudición y, junto con san Agustín y santo Tomás, uno de los tres pilares de la teología.


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