Yo no creo en la pandemia


"No conozco un solo caso de covid19 en alguien conocido"



En la primera salida a la calle después de más de dos meses de confinamiento me encontré a una persona que me detuvo con su saludo de voz; me interceptó con su un gesto de manos a distancia y diciéndome: “yo aún creo que esto no es cierto, simplemente no creo”. Llevaba un cubrebocas bastante llamativo y sofisticado. Sus palabras eran con un tono marcado que expresaba: “No quiero creer”.


Reconozco que el escucharlo sacó inmediatamente desde muy dentro de mí una preocupación que me acompaña –entre otras más- desde que comenzó esta situación de emergencia. Algo que he pensado por días y creo merece ser compartido.


Estando en tierra extranjera como lo estoy ahora, se viven ciertas situaciones donde pareciera que las inmensas distancias geográficas han desaparecido y que nos obligan a compartir las mismas realidades, ahora todos las llaman “globales”. Esta situación de “aldea”, es decir, que estamos comunicados instantáneamente y viviendo las mismas realidades no obstante la distancia geográfica, lo que irremediablemente multiplica en nosotros el sentido de responsabilidad, de información y obviamente de preocupación, pues se vive partido en dos o tres. Aquí y allá. En nuestro lugar presente y donde están los nuestros. Un verdadero conflicto interno, debo admitirlo.


La situación particular que se vive (y creo hablar también a nombre de cada miembro de mi fraternidad religiosa) es verdaderamente un reto para cotejar, pues mientras somos testigos y participes de un serio y detallado proceso de “enfrentamiento” contra la pandemia, es decir, un acatamiento estrictísimo de las normas emanadas de las autoridades sanitarias, quienes incluso dan las pautas a las autoridades religiosas para con todo lo referente a la total suspensión de las celebraciones religiosas con participación del pueblo y la reapertura de estas –desde hace una semana- bajo un estricto y detallado protocolo.


Hemos, ya a casi tres meses de iniciada la emergencia, permanecido en estricto confinamiento y acatando las recomendaciones de aislamiento como medida única y eficaz de lucha contra el covid19. Pero, ¿qué ocurre en nosotros cuando nos percatamos de la desparpajada información ofrecida por las autoridades sanitarias y políticas de nuestro país? Y digo, “desparpajada” por la disparidad y confusión con la que se expone al pueblo, creando desorden y poco asimilación de la seriedad de esta amenaza sanitaria y su riesgo.


Dicha situación ha trascendido fronteras hasta llegar a estas tierras europeas y ser motivo de mofa para nuestro país y aquellos que lo gobiernan actualmente. Pues los reportajes sobre la irresponsabilidad y mal manejo de la imagen pública del presidente del país y del secretario de salud, así como los lineamientos e información que ofrecen, que incluso han forzado a algunos gobernadores estatales a tomar medidas propias ignorando en su totalidad las disposiciones del gobierno federal. No está demás agregar aquí la jocosidad que llevamos todos los mexicanos en la sangre y la característica distintiva de no tomarnos demasiado –ni poco- en serio el peligro ante una situación de amenaza masiva. A este punto, ya casi a tres meses, en fase 2 (hacia el regreso a la normalidad) con la estricta norma de solo poder transitar las calles con el uso de cubrebocas sin excepción, el secretario de salud en México explica –reiterando- que es inútil su uso. Me asalta la idea que Europa toda está equivocada en tan inútil prescripción actual.


Pasando de la realidad de la confusión y de la poca seriedad con que se toma el riesgo, creo que existe una situación que me resulta digna de considerar: aquella de la incredulidad.


En días pasados se viralizó en redes sociales, al menos en la región de Jalisco, un reportaje de video que realizó un noticiero local, en el cual se exponía el “levantamiento” de la cuarentena de aislamiento social, que obviamente implica el cierre de negocios de segunda necesidad y otras normas que ya conocemos. El pueblo del que hablo es mi natal Magdalena. De lo que llama más la atención es que algunos habitantes manifiestan abiertamente no creer en la pandemia, cosa que no me resulta para nada extraño. Más allá de aquellos que aparecen en estos reportajes (que no son pocos), de aquellos otros que lo comparten en redes sociales sus “motivos” para no creer y otros más que divulgan a los cuatro vientos su incredulidad, hablo de los que me lo han expresado abiertamente en mensajería privada. Algunos de los cuales he debido frenar en la conversación por falta de sensibilidad, solidaridad y sentido común a lo que hemos vivido en Italia. Uno que otro más con descaro –por que la ignorancia suele ser atrevida- me ha expresado que “conocidos” en Italia refuerzan esa teoría de “la invención de la pandemia” con fines políticos o económicos. Recuerdo que hace aproximadamente un mes circuló un video, también en redes sociales, de un joven mexicano (del estado de Guerrero) que viviendo en Italia, decía que todo estaba normal mientras registraba imágenes de la soledad de las calles de Bologna en plena fase 1 de la contingencia.


Debo decir algo con honestidad: en México muchas ciudades han seguido su curso cotidiano normal salvo la no asistencia a las aulas escolares y el cierre de las iglesias. Digo solo “cierre de iglesias” porque las celebraciones se siguen realizando, algunas a escondidas, otras más descaradamente con participación de fieles. Sin dejar de lado la increíble movilización de no pocas parroquias que promovieron en la pasada semana santa la bendición de palmas, estampitas, viacrucis andantes, bendiciones en azoteas y otros actos de piedad que en más de 20 años de vida religiosa había visto, menos imaginado.




Pero, ¿es propio de este tiempo, sobrecargado de información y opiniones de fácil circulación, la producción este clima expansivo de incredulidad? No es algo nuevo, la historia nos lo demuestra. Les traigo a la memoria un dato.


Hace algunas semanas publiqué aquí en mi blog algo sobre la llamada “peste de san Carlos” (Yersinia pestis) donde exponía las peripecias; aciertos y fallos de san Carlos Borromeo, obispo de Milán (Italia) durante la terrible epidemia que azotó el norte de Italia en el año de 1577. Pero, existe otra historia vinculada íntimamente a esta.


Federico Borromeo (1564-1631), primo carnal de san Carlos, quien también fue obispo de la iglesia milanesa, del mismo modo debió enfrentar y poner a prueba su liderazgo político y pastoral durante otra terrible peste que azotó aquella tierra en 1628. La epidemia, dice Walter Ledermann en la Revista chilena de infectología:


“fue favorecida por la estupidez humana, expresada a través de la torpeza y corrupción de las autoridades y de la ceguera médica. En primer lugar, había guerra; en segundo, y como consecuencia, hambruna y migración a las ciudades”.


La descripción no resulta ser nada nuevo, la historia de las epidemias casi siempre es la misma, los factores que intervienen de igual forma muy similares, no obstante el paso de los siglos. Rescato este evento histórico porque creo que hay un dato tan curioso como interesante,… y tan actual.


Federico Borromeo y la peste de Milán



Se dice que ante la amenaza de la aparición de esta forma de peste, que se comenzaba a manifestar en algunos casos aislados en aquellas regiones. Y dada la movilidad de algunas tropas de extranjeros, sobre todo alemanes que se movilizaban por todo el norte de Italia, las autoridades mandaron a investigar lo que estaba ocurriendo a dos médicos de aquel tiempo, quienes una vez que hicieron su trabajo eficientemente, informaron a las autoridades de la gravedad del asunto, las cuales, ante la agitación que se vivía por la negociación y puesta en oferta de víveres debido a la hambruna que se vivió en aquella región, desmintieron la versión de los médicos argumentando que estos habían dictaminado que las muertes y brotes de la enfermedad eran producto de la podredumbre de los pantanos.


Inmediatamente después se envía un médico más de nombre Tadino a hacerse cargo del asunto por la insistencia del pueblo y el miedo que se percibía ante la posible epidemia, lo cual, al presentar el dictamen de la presencia real de un brote de enfermedad ya visible, las autoridades volvieron no solo a ignorar lo expuesto, sino a argumentar que era más importante la guerra que se avecinaba dada una fuerte inversión económica que se había hecho. Incluso, gobernada por España como estaba en aquel tiempo la región milanesa, por aquellos días se dio la visita del hijo de Felipe IV, suceso que fue festejado por toda la ciudad la cual en lugar de cerrar sus entradas, las abrió a todos los ciudadanos que vendrían a celebrar dicho acontecimiento. Los resultados fueron trágicos.


Ante los terribles resultados: grandes cantidades de muertes y numerosos contagiados de gravedad, se dio un fenómeno dentro de aquella ciudad: el de la incredulidad, o más bien el de la desviación de la verdad. ¿Por qué?. Resulta que, las autoridades ante la evidencia de su error y su imprudencia, se vieron obligadas en desviar la atención y esto precisamente con lo que sabían era un distintivo de aquella sociedad, me refiero al de la superstición.


Comenzaron a difundir las habladurías de la presencia de algunos extranjeros, es decir, personas no habitantes de aquella zona, que habían untado de ungüentos envenenados algunas partes de la ciudad: plazas e iglesias, edificios y lugares comunes, haciendo que esa extraña enfermedad se propagara por contagio por parte de aquellos que habían tocado aquellos menjurjes. Hubo quien decía que se había visto a unos hombres pasar paños de tela sobre las bancas de cierta iglesia, otros difundían la noticia de que se había visto a unos que hablaban una lengua extraña los cuales habían hecho perforaciones en los árboles y los habían untado. Otros más, que las mesas de los comedores y las puertas de algunas casas habían sido untadas con ese fin. Esta situación fue creída y asimilada por la población con tal certeza que inició una persecución contra todo aquel que tuviera finta de no ser locatario. Esta cacería duró incluso todo el tiempo que duró la epidemia, que no fue poco.


Al paso de unos meses, continua narrando Ledermann:


“ni pacientes, ni médicos, ni mucho menos las autoridades, querían reconocer la presencia de la peste. El Tribunal, el porfiado y testarudo Tribunal, terminó por convencerse al fin y transmitió ese convencimiento a la población de la manera más atroz”


Esta manera se refiere al terrorismo que después se usó para corregir su ineptitud, pues cuenta la historia, que ante la creencia de los untos envenenados y la incredulidad de otros, aquella situación era incontrolable y no había conciencia en el pueblo de la gravedad, por lo que, aprovechando un evento muy concurrido en la ciudad, las autoridades hicieron pasear un carruaje que llevaba los cuerpos putrefactos de toda una familia que había muerto por causa peste para “crear conciencia”, lo cual aportó aun más miedo a aquella mentira.


Después vino algo más singular aún: ante la crisis sanitaria y la angustia social que imperaba por causa de la epidemia, las autoridades, en el mismo afán de tranquilizar al pueblo y ocultar su error, pidieron al obispo Federico el santo cuerpo de san Carlos para llevarlo en procesión y “pedir misericordia a Dios”. Federico se opuso dando argumentos que giraban en torno al alto riesgo de transmisión de la enfermedad en las multitudes, los cuales fueron derribados ante las urgentes e intransigentes disposiciones de aquellos gobernantes que pronto lograron convencerlo y realizar dicho evento religioso, lo continúa describiendo así:


“Fue inmensa (la procesión), magnífica, lujosa, atravesó la ciudad y desde las ventanas enfermos y sanos saludaban al cadáver del santo. El resultado fue espantoso: al día siguiente creció el número de casos en forma abrupta y masiva, como nadie hubiera podido siquiera imaginar”


Las consecuencias obviamente fueron fatales y la respuesta de las autoridades aún más: se dijo oficialmente que aquellos untadores malévolos habían participado de aquella procesión infectando a muchos. Está escrito que murió más de la mitad de la población y el resto vivió por muchos años en la pobreza absoluta.


Parece una historia perdida entre las fábulas europeas que algunas vez alguien nos contó, sin embargo, son la narración de eventos siempre presentes en situaciones de crisis social como son estos de las epidemias. Lo que aún estamos viviendo es para nada diferente a lo ocurrido en los tiempos pasados, pues somos testigos de la conveniencia de no pocos, sobre todo los que llevan las riendas de autoridad y gobierno, de que la población no tome demasiado en serio la amenaza de un peligro de tipo sanitario.


En México la descoordinación en la toma de decisiones, la desinformación notable que se ha ofrecido al pueblo, la disparidad en la toma de medidas según las “idiosincrasias” de las regiones o estados so pretexto de la independencia de ejercicio gubernamental de cada uno de estos, ha provocado que en un sector de la población –que ha tomado consideración seria de la situación- cansancio y desesperación, y en otro –que es un sector considerable- el no haber creído y por tanto no hacer caso a las recomendaciones generales para evitar el alce de contagios. Las características médicas han contribuido a esta vorágine de actitudes tan dispares en la sociedad mexicana, pues siendo un virus nuevo y desconocido, y no obstante las advertencias de las autoridades sanitarias mundiales sobre su poder de contagiosidad, el mexicano no ha logrado comprender que las medidas recomendadas no son sanadoras sino en gran parte preventivas, es decir, de lucha comunitaria por la contención de esta peste actual. Por ejemplo en los Estados Unidos de América que en plena crisis su presidente Donald Trump tuvo la osadia de decir: "Lo tenemos bajo control" (22 enero); "Se irá en abril con el calor" (10 febrero); "Abriremos el país para Semana Santa" (25 marzo), de igual modo al presidente Andrés Manuel López Obrador junto al secretario de salud pública desde el inicio de esta emergencia les hemos escuchado de este tipo de afirmaciones mientras la realidad es totalmente otra.


Las autoridades judiciales tampoco han sido lo suficientemente enérgicas para contribuir al orden y respeto de las disposiciones. Hablo como alguien que vive en Italia, y reconozco cuánto es determinante el ejercicio efectivo de las fuerzas policiacas para el cumplimiento de estas y fomentar un clima de respeto no solo a las disposiciones, sino de respeto al otro, al que si se cuida, al que si sacrifica su ritmo vital, al que sale de sí mismo y su comodidad por el bien de la comunidad.


Por tanto, en México, en plena fase tres de la contingencia, ya gran parte de las actividades se han retomado aunque sabemos que tantas de estas jamás acataron las disposiciones oficiales de suspensión, sea por haberlas ignorado o, por continuar realizándolas de forma clandestina. Es curioso que las redes sociales en México no dejaron jamás de manifestarnos muy poco sentido de sacrificio y renuncia a los ritmos de vida de tanta convivencia social, característica natural de los mexicanos. Fotografías de fiestas, reuniones sociales y eventos con concurso de personas no cesaron, menos se evitaron. Es común hoy día encontrar quien sostiene la falsedad de esta situación mundial, los argumentos son para reír y sentir ternura –por no decir lastima- de aquellos que los dicen, más cuando ostentas cargos públicos o de autoridad de cualquier tipo.


Queda claro que, ante los variados y mezquinos intereses de los que rigen la vida social, la promoción –consciente o inconsciente- de la incredulidad es un aliado que les interesa tenérselo de cerca. Todos podríamos pensar que a la propagación del miedo y de la histeria social es la mejor forma de dominación, una especie de terrorismo judicial –como lo plantea Michel de Foucault (1926-1984)- y manipulación. En cambio, la realidad Covid19 en México reveló una forma “antitética” (o al contrario) de esta manipulación, y es precisamente esta de la incredulidad y de la promoción de la toma con poca seriedad de la realidad que se está viviendo, pues los “de arriba” hacen lo que les corresponde, y los “de abajo” las ignoran.


Estoy seguro que pasarán los años y podremos platicar lo ocurrido en este difícil 2020, y no van a faltar –o mejor, abundarán- los que darán sus valiosas apreciaciones: “nunca vi un caso en alguien conocido”, o “fue una situación creada para estrategias políticas”, o incluso: “ya ves, yo jamás respeté las restricciones y el virus ni me tocó”. En todos los casos, quedarán también en la memoria social, conocida o ignorada, todos aquellos que perdieron la vida por haber sido vulnerables o haber tenido un poco menos de suerte. Aquellos otros que salieron de su casa por su propio pie y días más tarde regresaron en una urna de cenizas identificados solo con la placa del nombre que llevaron en vida. Quedarán las memorias de aquellos otros que en los hospitales entregaron lo último de sus vidas sirviendo a tantos que esta vida les dio una oportunidad más. Y otros más: los que pudieron haber evitado un mal rato de lucha contra la enfermedad, por haber tenido la sensatez de extremar cuidados a la vez que la desgracia de convivir en casa cono tros que no creyeron jamás y los contagiaron sin siquiera darse cuenta. Hoy más que nunca nos ha sido revelado que la ignorancia y la imprudencia; manos de la incredulidad, son las peores plagas de la humanidad.





Un poco de comicidad sobre el tema. Ilustrará lo que he escrito.


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