La imprudencia de la fe

Actualizado: abr 3


Esta imagen del obispo participante del dolor y el arrepentimiento del pueblo permanece hasta hoy en la mente colectiva de los milaneses

Milán fue la primera ciudad que me recibió en Italia, allá por el verano del 2014. Sólo hablar de ella me provoca grande alegría. Pensarla ahora vacía y desolada, golpeada por la pandemia que nos vino a robar el fin del invierno y el siempre esperado inicio de la primavera (y quién sabes qué cosas más aún), me estremece. Verdaderamente tengo muy bellos recuerdos de la capital de la Lombardía. Ahí fue donde pronuncié mis primeras palabras en lengua italiana, donde celebré mi primera misa fuera de mi tierra y donde conocí gente verdaderamente excepcional con las que sólo tenía en común el ser personas en búsqueda de nuestros ideales.


Durante mi permanencia en Milán entré irremediablemente en contacto con la figura de San Carlos Borromeo (1538-15584), quien fue obispo de la ciudad y sigue siendo un símbolo para todos los milaneses en mancuerna a San Ambrosio (340 -397) obispo y protector también de la ciudad siglos antes. La figura de Carlos Borromeo es impresionante; modelo de gobernante y pastor, de cuidador de cuerpos y de almas, proveedor de lo necesario para pobres y ricos. Sin duda es prototipo de unidad y concordia precisamente por su gobierno justo en tiempos de tanta desigualdad y confusión, pues su época fue la de los conflictos que trajo el movimiento protestante que descendía de la Europa del norte y que pretendía conquistar toda la Italia de aquel tiempo.


A decir verdad, cuando llegué a Milán, sobre san Carlos conocía poco, pero es cierto que eso poco me fue muy útil en un tiempo para abrir a manera de presentación algunos cursos sobre introducción a la ética, ética general y ética política cuando serví como profesor de filosofía. Me refiero al polémico y –casi siempre mal narrado- caso de la “imprudencia” de san Carlos, que favoreció la difusión de la peste en su ciudad y en gran parte del norte de Italia. Si no conoces la historia, te pongo en contexto.


Describen tanto los libros de historia de Italia como las biografías del santo que en 1576 brotó una gran epidemia en la ciudad de Milán, obviamente mientras san Carlos fungía como obispo y pastor. El brote de la terrible enfermedad coincidió con un periodo de gran agitación política y que consecuentemente estaba provocando una revuelta económica. La presencia de figuras españolas en territorios lombardos como Juan de Austria, quien había vencido en Lepanto, pasaba por la capital la ciudad por aquellos días veraniegos del mismo año causando gran revuelo en la población y en las autoridades que buscaban a toda costa otorgar una buena imagen a tan importante personaje. El obispo Carlos, mediaba entre los protocolos que debía seguir por ser figura de autoridad y la preocupación de enterarse que en las regiones vecinas la peste ya había provocado no pocas muertes. Cuando la epidemia brotó, en poco tiempo golpeo fuertemente a toda la ciudad. Él mismo, tuvo que implementar un estratégico plan sanitario que recaía en coordinación y animación desde su persona, que no se limitaba sólo a dar órdenes sino a hacer presencia entre los enfermos y aquellos a los que les daba atención médica y auxilio espiritual. Este recuerdo está fijo en la mente de los milaneses, soy testigo de eso. Tienen a san Carlos como un estratega sanitario y político, y como pastor de las almas y proveedor de misericordia con los apestados. Su iconografía se mueve de forma pendular en entre estos dos polos: el obispo gobernante y el enfermero auxiliador de los desgraciados.




De los episodios de la vida de Carlos Borromeo, el que siempre me ha llamado la atención, (y es –como ya dije- la que en mis tiempos de enseñanza usaba como paradigma ético), es el hecho biográfico de la organización de las tres procesiones religiosas para pedir a Dios el fin de la epidemia[1]. Las biografías narran tres momentos piadosos donde san Carlos dio gran ejemplo de entereza y animosidad convincente: descalzo, vestido en color morado, con una soga al cuello, portando la reliquia del santo clavo[2], entre la multitud… esto último es precisamente lo polémico. Lo que aún resulta controversial.


San Carlos había convocado a toda la ciudad a unirse en oración y penitencia y expresarla públicamente mediante estas procesiones de súplica, pues estaba convencido de que Dios estaba flagelando la ciudad por sus faltas y era esta la que debía pedir clemencia.



Dice Marco Corrias, en su artículo: San Carlo Borromeo. Il santo di ferro. Rigore. Racrificio, abnegazione. (San Carlos Borromeo. El santo de hierro. Rigor. Sacrificio. Abnegación):

“Con l’intensificarsi del morbo Carlo sfidò il contagio organizzando tre grandi processioni penitenziali con il popolo e le autorità. Non fu certo una scelta saggia, che probabilmente agevolò la propagazione del morbo”[3].

“Con la intensificación de la enfermedad Carlos desafió el contagio organizando tres grandes procesiones penitenciales con el pueblo y las autoridades. Ciertamente no fue una decisión sabia que probablemente facilitó la propagación de la enfermedad”

Esta imagen del obispo participante del dolor y el arrepentimiento del pueblo permanece hasta hoy en la mente colectiva de los milaneses, como de igual modo lo que vino después. Resulta que inmediato de esta manifestación masiva de piedad religiosa vino implementada por el mismo san Carlos una cuarentena a toda la población. Una orden de aislamiento colectivo y de privación de contacto social. Suspensión de celebraciones religiosas y civiles para evitar las aglomeraciones. Se dice que él mismo mandó cimentar algunas columnas altas en los cruces de algunas de las calles para desde ahí dar el sacramento de la confesión y la comunión a los fieles sin necesidad de salir de sus casas. En datos exactos diremos que la situación de emergencia por la epidemia duro un año y seis meses dejando a su paso más 17,000 muertos.


Se habla de la iniciativa llena de buena intención pero “poco saggia” (poco sabia) del obispo. Ya que de no haber existido dicha convocación que, sin dejar de lado los beneficios espirituales y la animación de las almas a la fe, los números y los daños ocasionados por el flagelo de la peste hubieran sido otros.


Este dato basado en un acontecimiento, que obviamente necesita más cuidado y reflexión, es el que me servía para introducir a mis alumnos a la problemática de la ética, sobre todo cuando se mezcla el elemento de la fe y la devoción. Si nos adherimos a aquello de “el fin justifica los medios” es evidente que la intención piadosa de san Carlos sería un acto de inconciencia y poca prudencia. Más aun, como casi siempre solemos juzgar desde nuestra mentalidad actual, podríamos decir que el sobreponer la fe a la realidad científica (el hecho del contagio, de la propagación) es un acto de poca sensatez cristiana, pues estamos siendo testigos en nuestros días de cómo las instituciones religiosas se han sometido (a decir verdad, no al grado que a mí me gustaría) a las instrucciones que las autoridades competentes en materia de salud están dando para evitar la expansión de la actual pandemia mundial del covid-19 y para frenarla lo máximo posible y evitar los posibles daños venideros.




Sin embargo, la intención de san Carlos fue la del incoraggiamento (dar valor, fortaleza, ánimo) de su pueblo, de reavivar la fe en Dios y en sí mismos en la lucha contra el mal que los afligía. Es de destacar, que no obstante ante la inexistencia de certezas científicas con las que contamos hoy, el mensaje del santo obispo era también de corte humanista, de la lucha personal y de orden público con el que se lograría el cese de la enfermedad. Era un lucha de todos, codo a codo. Por eso sus signos visibles de penitencia.


La pregunta que salta inmediatamente es ¿una fe convencida justifica el riesgo? ¿La “locura” –en términos paulinos- de la fuerza de la fe es el arma para afrontar una situación límite?. A decir verdad, en el caso muy concreto de nuestro Carlos Borromeo no podemos afirmar su poco cálculo o imprudencia consciente, ya que si tenemos una clara idea de su perfil personal, lejos de toda idealización o caricatura piadosa, podríamos afirmar que tanto su fe como aquella que quería reforzar en el pueblo, daban por supuesto el riesgo. Pues, lo sabemos desde siempre, no existe fe sin riesgo. En lo personal dudo mucho que una figura del talante del obispo milanés lo pase por alto y menos ignorarlo, ni por desconocimiento ni por fanatismo.


La situación actual, tornada trágica ya en algunos países de Europa -y más próximo a nuestros días- del continente Americano por el azote del así llamado coronavirus, ha vuelto a sacar curiosamente este tipo de páginas con sabor a fábulas religiosas del archivo histórico de la humanidad para traerlas a nuestros días. Hemos visto el desfile de mandatarios que, escépticos o estratégicos, han llevado a paso extremadamente lento el ejercicio de cuidado que se requiere ante una situación sanitaria de este tipo: blindaje de fronteras, implementación de sistemas emergentes de prevención y detección, mano dura en las restricciones para las medidas de aislamiento y, sobre todo, la operatividad de dichas restricciones de forma igualitaria para todas las instituciones civiles, comerciales y religiosas, que en el caso particular de México, se han visto llevadas a la operatividad a ritmos totalmente diversos, causando confusión y escepticismo en la población. (Sobre este tema del escepticismo e incredulidad ante las emergencias sanitarias escribiré en los próximos días aquí).


Estamos siendo testigos de algunas diócesis con suspensión total tanto de actividades pastorales y de culto, como de cierre de sus iglesias y casas de beneficencia caritativa, y otras que llevaron a cabo sólo parcialmente algunas de estas operaciones. Estados (hablo otra vez de México) donde los gobernadores y alcaldes actuaron radicalmente y otros sólo en partes y algunos haciendo caso omiso. Tristemente altos mandatarios, casi a manera de burla, sin ninguna restricción de sus actividades y mesura en sus discursos, no obstante el rol que desempeñan ante el pueblo para el cual deben ser siempre modelo y ejemplo.


La situación mundial es tan insólita y confusa que incluso ha desatado la creatividad desmedida de no pocos sacerdotes y agentes de pastoral: bendiciones a las ciudades sobre helicópteros y avionetas, signos de protección desde azoteas de edificios e iglesias y actividades que, no obstante la originalidad e intrepidez, inquietan al pueblo a reunirse y a continuar expresando su fe que, como todos lo hemos experimentado alguna vez, en momentos de angustia se enciende aún más.


La situación actual trajo consigo una gran verdad que nos llevará tiempo asimilar: la obediencia y la sumisión a las medidas dadas por las autoridades son las que determinan el nivel de una tragedia social. En Italia se habla de que el no haber implementado el paro total de actividades dos días antes (fin de semana del 6,7,8 marzo) hizo la diferencia entre el “hubiera sido” menos expansivo el contagio y el “nos encontramos” en medio de una tragedia nacional. Sólo mencionarlo me estremece.


Aristóteles sustentaba la ética en la búsqueda del bien. Para él:


“el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”


Dice Benigno Blanco en su artículo: Los fundamentos de la ética: Aristóteles[4]:


“Coloca así Aristóteles el bien no en el orden de la subjetividad emocional ni en el del normativismo racionalista, sino en el orden del ser: la ética trata de averiguar -estudiando al ser humano- en qué consiste la excelencia específica de que es capaz el hombre, excelencia que el filósofo griego identifica con la felicidad (eudaimonia) (…), La excelencia o virtud (areté) es la conformación del comportamiento humano desde la libertad para optimizar las posibilidades de bien de que somos capaces”


Desde esta perspectiva es mejor legible la intención de san Carlos en su deseo de “optimizar las posibilidades del bien”. La fe como bien supremo y alcanzable por todos los seres humanos racionales viene a ser una de las armas con las cuales se debe luchar para conseguir las provisiones de bien para la vida. Queda claro que la expresión y práctica riesgosa de la fe era en san Carlos es el estatuto de utilidad que tiene esta virtud teologal (visión teológica) y no sólo su realidad a nivel interior o psicológico.

Considerar radicalmente la acción del obispo milanés como algo poco prudente, nos debería cuestionar qué grado de vivencia tenemos de nuestra fe, cuando el riesgo lo consideramos “poco sabio”. El riesgo que casi siempre se convierte en barrera y pretexto justificable para el ejercicio real de la caridad; materialización y estatuto de la fe verdadera.


Pienso en este momento en tantos y tantas que, en “fila uno” como dicen acá en Italia, combaten cara a cara con el enemigo. Que en los hospitales luchan frente a frente contra el dolor de un gran número de personas que no son siquiera sus familiares. Pienso también en tantos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas, en los invisibles voluntarios que están arriesgando sus vidas “poco sabiamente” pudiendo estar en casa al seguro. Sé de tantos que, movidos por su fe, –sea en Dios, en su trabajo, en su filantropismo, en su país- la hacen operativa en obras de riesgo que hoy son aplaudidas y agradecidas por todo el mundo.


San Carlos Borromeo ha pasado a la historia como este “sabio imprudente”, sus acciones siguen inspirando a tantos. Sea este escrito un homenaje a este y a su tierra que hoy enfrenta esta terrible prueba. Sea también motivación para tomar más en serio nuestra supuesta fe, sobre todo porque nos fue transmitida bajo el estatuto de que la fe sin obras es nada (St 2, 17).



Pinturas sobre el magisterio de san Carlos Borromeo en el convento franciscano de Sant'Angelo, Milán. Ex provincia franciscana de "San Carlos Borromeo", actual provincia de Sant'Antonio. Fotografías en 2014.

[1] Las tres procesiones, cada una un día en tres días consecutivos. La primera hacia la basílica de San Ambrosio (patrón de la ciudad), la segunda hacia la basílica mayor de San Lorenzo y la tercera hacia la basílica de Santa María. [2] Según la tradición milanesa, el relicario ubicado en la parte más alta del presbiterio de la catedral, contiene uno de los clavos con los que fue colgado a la cruz nuestro Señor Jesucristo. La tradición sostiene que, habiéndolo encontrado santa Elena, madre del emperador Constantino, en sus excavaciones en búsqueda de la cruz auténtica, la mima emperatriz lo dio a su hijo y éste a San Ambrosio, obispo de Milán en el siglo IV. Yo mismo he participado en la bella celebración de la “Nibola” en la víspera de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el 14 de septiembre. Dicha celebración reúne a gran parte del pueblo milanés en la catedral para rendir veneración a la santa reliquia que es descendida por el Arzobispo en turno en una canastilla en forma de nube que asciende hasta el relicario. El “santo chiodo”, permanece a la veneración de los fieles durante toda la fiesta. [3] El artículo completo lo pueden encontrar aquí: https://viaggiatoricheignorano.blogspot.com/ [4] Articulo completo: https://www.nuevarevista.net/etica-donde-esta-el-bien/los-fundamentos-de-la-etica-aristoteles/



Celebración de la "Nibola" en el Duomo (catedral) de Milán, 14 septiembre 2014.


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