El verdadero riesgo de contagio: no aprender.

Cuando me percaté que llevaba más de una hora haciendo fila para ingresar al supermercado, me percaté también que la situación no era normal, y que la fila en la cual me encontraba ni siquiera era una fila. Éramos un grupo de personas colocadas con precisión rígida y a distancia considerable unos de otros. Llevábamos sobre la cara cubrebocas de hospital y respirábamos miedo. Sólo las miradas eran nuestro lenguaje. Fue simpático ver que en la misma situación de espera estaba el rico, el no tan rico, el albañil, la profesora, el comerciante, el indiano y el mexicano. Todos esperábamos con buena actitud lidiando un poco con la paciencia.


Desde cualquier parte del mundo donde se viva siempre ha sido un sueño conocer Italia, vivir ahí “es un privilegio” –como me lo dijo un gran amigo alguna vez- sin embargo, los días que estamos viviendo son verdaderamente estremecedores. Pasa el tiempo como burlándose de nuestras inteligencias, como ignorando nuestros relojes. Se hace día y luz y se transforma en noche y oscuridad sobre las plazas del pueblo que ya ni las molestas palomas visitan porque simplemente ya no hay qué recoger del suelo porque no vaga ni una sola alma por ellas. Sólo las atraviesan figuras como humanas a paso de fantasmas que casi vuelan de prisa sobre el pavimento vestidos con un macabro atuendo en gamas de azul: guantes de látex y mascarilla.


Cierto que Italia expresa su belleza en sus ciudades, y más cierto que, sea poblada por multitudes o vestida de soledad, su belleza permanece, se transforma, se hace luminosa poderosamente porque está marcada con la impronta de la eternidad. Sin embargo, la situación que estamos viviendo en estos días rebasa todo lo imaginable y cualquier forma de ficción. No pretendo ser trágico en lo que escribo porque sé de sobra que ya hay bastante de esto abarrotando los social en internet, ni mucho menos quiero sonar fatalista, sin embargo, me resulta verdaderamente difícil paragonar con algún otro episodio de mi vida lo que estamos experimentando en pleno epicentro de una tragedia que ya tocó con sus garras a gran parte del mundo. Viví ciertamente en carne propia la crisis sanitaria que tocó México en 2009 con la propagación del virus H1N1, pero lo que estamos viviendo hoy, supera cualquier cosa antes vivida.


La propagación incontenible del virus Covid-19, alcanzó a Italia de forma sorpresiva y escandalosa en velocidades inimaginables, basta ver cualquier simple gráfica estadística para darnos cuenta de lo vulnerable que resultó ser esta tierra soñada ante un enemigo invisible que tomó su territorio, sus jornadas y sus tranquilidades. Y es que, no es casualidad ni sólo una bella tradición llamar a su legendaria capital caput mundi, porque no obstante el poder de otros países y la realidad global de nuestra comunidad humana en el planeta, Roma, y todo Italia, sigue siendo este epicentro humano y cultural que la hacen grande y majestuosa, pero que esta vez su grandeza y majestuosidad la convirtieron en una débil presa envuelta de vulnerabilidad. El turismo es la vida de Italia, pero esta vez fue su propio foco de colapso.


Permanecerá en mi mente durante toda mi vida el momento aquel durante la mañana del domingo 8 de marzo, en el que habiendo celebrado la santa misa de la mañana con los fieles de nuestra parroquia comenzó toda esta pesadilla. El decreto del gobierno de Italia era contundente: “Cierre total de lugares públicos y prohibición de presencia humana en los espacios comunes de todas las ciudades, sin excepción”. Esta medida aplicaba estrictamente a negocios, centros recreativos, espacios culturales e iglesias. Las escuelas habían ya suspendido actividades el jueves anterior. La gente confundida llegaba a la iglesia y eran devueltos a sus casas. Las calles comenzaron a vaciarse en cuestión de minutos y el silencio se apoderó de nuestras vidas al punto de, justo en este momento me encuentro en medio de este mismo silencio, que no ha sido interrumpido y en el cual estoy haciendo memoria y escribiendo con el fin de compartir lo que la vida me ha permitido observar en estos días confusos.



A decir verdad, no me desagrada el silencio y siendo aun más sincero, lo necesitaba ya desde hace tanto. Silencio en la ciudad, en nuestra casa, en la iglesia y…en mi mente. Silencio incluso para hablarle a Dios. A veces se nos olvida que es necesario hablarle porque ya perdimos la necesidad de hablarnos incluso a nosotros mismos. Estos días han traído eso; silencio, reducción del espacio y un tremendo clavado hacia mí mismo, pero he aquí la originalidad de este momento forzado de introspección: es un clavado a sí mismo pero con la mirada hacia el otro que se nos dibuja en el colectivo, porque es Italia la que está golpeada por una epidemia, es el mundo, es el otro.


La mismas características del virus parecen ser aleccionadoras. Nos lo han repetido hasta el cansancio: es bajo el riesgo de mortalidad o daño directo, pero dada su forma de proceder en la persona infectada, acrecienta y agiliza los males de salud ya presentes, acelerándolos de forma dramática y difícilmente reversible. Por eso la vulnerabilidad de los ancianos, los enfermos de VIH y otros debilidades que tienen relación con el sistema inmunológico.


Entonces, -y es lo que muchos no han terminado (ni comenzado) a entender- el permanecer en aislamiento (la llamada “cuarentena”) no es precisamente para resguardarnos de la muerte o la amenaza epidémica literalmente, como en el caso del ébola, sino para aislar el riesgo del contagio y alejarlo de quien podría no estar en grado de aniquilar el virus con la propia potencia de sus defensas corporales. Puedo decir que yo podría incluso estar infectado, dada la cercanía de los casos certificados en la ciudad donde habito (Tívoli, en la región de Lazio) y en las zonas vecinas, y la interacción con tanta gente en los días previos a la alerta nacional, pero podría ser que con la fortuna de mi buena salud (como creo que la tengo hasta hoy) podría haber ya pasado de mí o está aún muriendo en mi sistema. Hemos sabido por las autoridades de salud que incluso el coronavirus podría entrar en una persona y no incubar siquiera. Todo esto nos lleva a concluir que dicha característica de la pandemia más que obligarnos a defendernos a nosotros mismos nos invita a pensar en el otro, en otros posibles que no sabemos quiénes son ni dónde podrían encontrarse, porque todos y sin excepción son propensos a correr la misma suerte de enfrentarse al enemigo y ser vencidos.



Letrero improvisado de un negocio citadino que manifiesta su obediencia al "decreto governativo" al tener que cerrar por ser considerada una actividad no de necesidad básica. Termina diciendo: "Juntos lograremos derrotar al Covid19. Pronto"

En la antigüedad griega el gran Heráclito (Éfeso, 540-580 a.C.) definió al ser con un atributo esencial: el del movimiento.

“Sobre aquellos que se meten en un mismo río pasan aguas siempre distintas”.

El devenir es movimiento y el movimiento es figura y símbolo del devenir del ser. Ante la emergencia que nos apremia y nos llena de ansiedad, se nos devela esa realidad del movimiento, como parte esencial e imprescindible de nuestro ser. La implantación de la cuarentena de aislamiento es precisamente porque el enemigo principal de la propagación y el peligro, más que el virus en sí, es el movimiento. Circula en redes sociales un pequeño video bastante claro e ilustrativo basado en puntos que se mueven y transmiten el contagio a fuerza del desplazamiento que propicia la interacción con los demás y por ende el contagio, quedando de manifiesto -precisamente por la realidad del movimiento- el elemento tantas veces olvidado de nuestro ser, como criaturas y personas: la vulnerabilidad.


Paradójico, en un mundo de agilidad y frenesí, se implanta la paz en la limitación del espacio personal. En una sociedad global y que pondera los desplazamientos para la superación personal y el status, la supresión de la actividad cotidiana para favorecer el bien del otro. En una Italia que ya poco va a las iglesias, ahora comienza a recibir a las iglesias en sus casas en streaming. Hay tanto que aprender. Si no somos sensibles esta vez, seguro nos contagiamos del virus terrible del no aprender, esa es una verdadera enfermedad.


(Cartulina elaborada por niños italianos expresando solidaridad mutua con el que se ha convertido en un lema de esperanza: "Tutto andrá bene" -todo estará bien- / Menú de un restaurant con mensaje: "Especialidad de día: sonrisa, serenidad de ánimo, paciencia. Amor".)


Escribo esto al finalizar el 14º día de este extraño “arraigo domiciliario” impuesto por las autoridades sanitarias y a la que todas las instancias del país se sometieron, incluso el Papa, un gesto verdaderamente edificante de toda la sociedad italiana, quienes se encuentran en sus propias casas tomando conciencia de la necesidad de seguir al pie de la letra las prescripciones de aislamiento. No son pocos los que generosamente nos llaman por teléfono para peguntarnos cómo estamos, física y anímicamente. Los mismos que también nos siguen en las formas virtuales en las que procuramos hacernos presentes con algún mensaje de fe y de ánimo. Creo es un tiempo muy favorable para hacer uso efectivo del ser “solare” (alegres, felices, sonrientes, positivos) como nos definen a nosotros mexicanos en estas tierras.


Estoy seguro que nuestra gente experimenta el consuelo de saber que nosotros continuamos celebrando la misa en privado, custodiando a su Madonna delle grazie (Virgen de las gracias) y dando un poco de presencia al vacío que sufre en estos día su amada Iglesia de San Francesco. La campanas continúan sonando aunque sabemos que nadie vendrá porque están impedidos y dejan un vacío en tantos que tantas veces las han ignorado y ahora las escuchan con claridad, como si hablaran y dijeran: habrá otra oportunidad. Porque la habrá.



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