El milagro de nunca dejar de confiar

Actualizado: may 24

Tengo aún vivos los recuerdos de mis días en la primaria cuando cada año se llegaba el tiempo de los concursos a nivel zona. Era algo que verdaderamente me emocionaba. Pero sin duda, lo más esperado para mí era el concurso de poesía coral. Tengo en la memoria inolvidables momentos tanto de la participación en aquellos emocionantes eventos como también de los triunfos que nos adjudicamos por nuestro gran desempeño en el ejercicio de la declamación coral. Fui alumno del Colegio Felix Ma. Martínez, en Magdalena, Jalisco. El más presente es cuando obtuvimos el primer lugar con la memorable poema del poeta francés Víctor Hugo (1802-1885): “Guerra civil”.


Recordé el momento –y la poesía completa (que la sé de memoria)- mientras veía el filme cinematográfico “Milagro en la celda 7”. Cada escena desde que comienza la parte trágica de la trama, me llevó a cada una de sus frases del poema de Víctor Hugo que se entretejen con palabras unas, violentas y deseosas de muerte, hasta otras, esperanzadoras y brillantes de ternura. Es un poema complejo, casi teatral.


La producción es de Netflix y está dirigida por Mehmet Ada Öztekin y cuenta con los papeles protagónicos de Aras Bulut İynemli (Memo) y Nisa Sofiya Aksongur (Ova). Los que me leen saben perfectamente que no acostumbre –ni pretendo- criticar las producciones como tal, sino siempre extraer una propuesta de abordaje o relectura, incluso una posible guía para quien aún no la mira, siempre desde una perspectiva que pueda servir para extraer cualquier elemento que pueda enriquecer nuestras vidas.


Sin ser spoiler ni algo por el estilo, la historia trata de un padre (Memo) que tiene discapacidad intelectual y su hija (Ova) quien ha sido formada por este y la abuela de ambos bajo el único parámetro de la bondad y el amor, para lo que jamás existe discapacidad. La vida de todos se ve sacudida cuando Memo viene acusado y sentenciado a muerte por un crimen en el que nada tuvo que ver. La trama logra meterte en lo absurdo de concebir maldad en una persona que sólo sabe dar amor y actuar con ingenuidad, pero que lo expresa con lógicas y acciones totalmente distintas a las de las personas “normales”. Las posibilidades de indulto del protagonista poco a poco, minuto a minuto se van agotando, no obstante la existencia de formas viables de librarlo por justicia de una muerte injusta, dictada por un sistema que se sacia de represión y control sobre los débiles. Sostenido por algunos miembros potentados en estos sistemas que sacian sus heridas con sangre ajena, sea cual sea. Decía el polémico Michel Foucault (1926-1984):


“En la tortura van también mezclados un acto de información y un elemento de castigo. Y no es ésta una de las menores paradojas. La tortura se define en efecto como una manera de completar la demostración cuando ‘no hay en el proceso penas suficientes’ ”.

(Vigilar y castigar, 1975).


Esto porque la trama deja claro el “entretiempo” de tortura que el sistema penitenciario aplica al protagonista, no sólo en forma física sino también en privaciones de carácter humano, como el ver a su madre e hija, y el procurar deshacer toda clara o remota posibilidad de un testimonio contrario a su culpabilidad. Su condena a muerte se muestra como el sosiego alcanzable a la furia de quien, hambriento de violencia y sangre, busca injustos y criminales para descargar su ímpetu. Dice la poesía de Víctor Hugo:


¡Muera, muera “La multitud embravecida y fiera gritando cual indómita pantera y enronquecida aullaba: ¡Muera!¡Muera!, ¡Muera el traidor! ¡Perezca el miserable!”.


Me llamó la atención una de las partes de la película donde se puede detectar la realidad del actuar violento por automaticidad, como saciando un ansia desconocida, ya que Memo es recibido en prisión y le es dada una terrible bienvenida de golpes que lo dejan casi muerto por parte de los que después formarán la escuadra que lo liberará de una situación tremendamente injusta y deshumana. Me latían fuerte las palabras de “Guerra civil”:


“Nunca la muchedumbre desatada se mostró más hostil y despiadada. Nunca los odios que en los pechos laten, tuvieron expresión tan irritada. La voz del pueblo cual fulmínea espada vibraba ferozmente: ¡Que lo maten!”.

En la lógica violenta de una cárcel, desde la vivencia de quien sufre el flagelo de la regeneración social en el encierro carcelario, Memo había cometido un delito que merecía –por ley popular, casi dogma tradicional- ser apaleado para iniciar ahí su estancia.


Ya lo había dicho María Zambrano (1904-1991), criticando la práctica de la quema de personas por parte de la santa inquisición en el medioevo el nuevo sistema de poder retomó inconscientemente la practica romana antigua ejercida por los emperadores del ver arder cuerpos. De ese espectáculo disfrazado de justicia y orden publico venía dada una especie de sanación del ansia para aquellos que deseaban ser útiles a los ojos del estado y de Dios. Sus palabras textuales son (hablando de la quema de Giordano Bruno y refiriéndose a Campo dei fiori en Roma):



"En tan bello lugar se celebraban los incendios tal como en la época de Nerón, pero ahora en virtud de otra fe. ¿De otra? ¿O no se tratará de la necesidad que el ser humano occidental tiene de hacer arder cuerpos, de no conformarse con la llama de amor y ni siquiera con la llama del odio? Seguramente, sí, es la misma necesidad de ver arder al heterodoxo -no al enemigo: al heterodoxo- al diferente, al distinto, al que se ha atrevido a ser él, a pensar y a sentir"

(Las palabras del regreso, 2009)





Muy propositivo al espíritu me resultó la escena de la pequeña y tierna niña entre los presos, en una celda que todo tenía menos pequeñez y ternura. El que ella, en su lógica y epojé infantil, abordara a cada uno sin la etiqueta esencial que portan todos los encarcelados: la de “c-r-i-m-i-n-a-l”. Para Ova todos son “amigos” de su padre porque él así los describió. Confianza ciega en el que ella sabe jamás le diría algo falso. Los que están ahí son entonces “enfermos” y como tales, tiene una enfermedad que viene descrita forzadamente, porque la pequeña les pregunta cuál es la de cada uno, a lo que uno a uno describe con expresiones suaves mas no falsas del porqué están dentro de esa prisión. Una vez más desde la mirada de Foucault:


“El poder disciplinario, (…) tiene como función principal la de "enderezar conductas’.

(Vigilar y castigar, 1975).


De modo que desde una mirada limpia el ladrón es sólo “una persona que engaña a otras personas y tomaba su dinero” y el asesino “convertía personas en ángeles”. Me salta al discurso que otro de limpia mirada, a la que todos llamaban adultera sólo la consideró como digna de otra oportunidad para “levantarse y no pecar más”. Gran mensaje para todos, para aprender a mirar de esta manera y comenzar a des-nombrar con adjetivos que sólo se usan en los juzgados a quienes han cometido errores. Darles la oportunidad de volver a confiar en ellos, como la pequeña protagonista de la historia quien inocentemente se confía a la palabra de un “convertidor de persona en ángeles” ante la promesa de que le llevará de regreso a casa a su padre.


Independientemente de las pocas o muchas emociones que al mirar la película experimenté, debo decir que siembre he sido fan de los finales desconcertantes, es un anclaje que tengo desde siempre. Sin embargo, si logras meterte en la trama; en esta rítmica de inocencia –de un discapacitado y una niña- irremediablemente te estarás dirigido hacia el rumbo que una buena historia merece y que no teme a los estereotipos cinematográficos, más bien es fiel a las historias que merecen terminar felizmente porque felizmente deben ser transmitidas a aquellos que buscan ser justos y transformar el mundo. Por eso, nuestra poesía –que es la misma de Víctor Hugo- no podía terminar distinto a aquello de:


“Calló la multitud rugiente y fiera, y por fin, con bramido de pantera que adora a sus cachorros, ronca dijo con un sollozo que asordó a la esfera: ¡Vete! ¡Vete a casa con tu hijo!”



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