Revolviendo la historia


"¿Cuándo termina una pandemia?"


Desde que se dio a conocer la existencia del Covid-19 la humanidad ha mostrado distintas posturas; primero la vimos como una realidad lejana y ajena a nuestra vida, no hubo nación que se anticipara a la llegada del virus, tampoco lo hicimos como individuos. Lo trágico fue que una vez con el virus en casa manifestamos una reacia negativa a adoptar las medidas recomendadas por los especialistas de la salud para contener la expansión del virus, es decir: confinamiento, distanciamiento social y protectores faciales.


Las disposiciones gubernamentales se hicieron necesarias, fue así que en los últimos meses hemos vivido con espacios públicos cerrados; restaurantes, centros comerciales, parques de diversiones y cualquier otra actividad determinada no esencial fue puesta en pausa; lo que derivó en que muchos de nosotros tuviéramos que permanecer en casa, sin poder realizar nuestras actividades cotidianas, ni siquiera aquella con la que nos ganamos el sustento. Naturalmente, muchos siguieron con su vida al ritmo lo más normal posible, algunos por necesidad y otros más por descarada incredulidad.

Finalmente, también por decreto, hace unas semanas hemos empezado a retomar el ritmo acostumbrado de nuestra vida pública; desafortunadamente lo hemos hecho de manera desordenada, ignorando que el virus aún está entre nosotros y que los cuidados deben permanecer.


Según los historiadores, las pandemias tienen dos tipos de final: el médico, que ocurre cuando los indicadores de incidencia y muerte se van a la baja, y el social, cuando disminuye la epidemia de miedo a la enfermedad.


"Cuando las personas preguntan: ¿Cuándo se acabará esto?, preguntan sobre el final social."

Jeremy Greene, historiador de medicina en Johns Hopkins.


Podemos afirmar que en este momento estamos experimentando lo más cercano al final social, la decisión de proclamar la apertura en muchas sociedades está basada en procesos sociopolíticos y económicos, más que en datos médicos y de salud pública.

Socialmente existe un ánimo de agotamiento y frustración frente a las restricciones, la suma de estas condiciones nos ha llevado a declarar el fin de la pandemia, bajo el amparo de la frase “merezco poder volver a mi vida normal”, incluso hemos escuchado líderes políticos, declarar al más puro estilo populista: “salgan a recobrar su libertad”; aun cuando estamos lejos de controlar los contagios y de un tratamiento efectivo o una vacuna.


Las consecuencias de los descuidos no han demorado en manifestarse, el director de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió sobre el significativo aumento de contagios de Covid-19 en todo el mundo durante las últimas semanas, cuando la cifra de positivos ha superado los 10 millones a nivel internacional y la cifra de muertes al medio millón, de acuerdo con las cifras de la Universidad Johns Hopkins en Estados Unidos. Y los escenarios para el futuro no son alentadores.


“La mayor amenaza ahora es la complacencia […] la mayoría de las personas a nivel mundial todavía son susceptibles a la infección”.
"Con este tipo de ambiente y condiciones, tememos lo peor".
"Han pasado seis meses del brote del nuevo coronavirus y la pandemia está lejos de haberse acabado".

Tedros Adhanom Ghebreyesus


Ghebreyesus ha explicado que al inicio de la pandemia tomó dos meses llegar a los primeros 100 mil enfermos, sin embargo, en las últimas dos semanas se ha sobrepasado esa cifra cada jornada. Refirió, además, que el 75 por ciento de los casos corresponden a solo diez países, principalmente en América Latina y el sur de Asia.


El director de la OMS, fue enfático al señalar que la pandemia en los países latinoamericanos “es la situación más compleja”, pues la región aún no llega a su meseta de contagios.



Quizá todos o al menos la mayoría de nosotros estamos al tanto de estos datos, pues hoy en día el acceso a la información lo tenemos en la palma de la mano y va con nosotros a cualquier sitio; sin embargo, hemos decidido ignorarlos, así como también desoímos las recomendaciones sobre las medidas básicas a seguir para prevenir el contagio. Basados en la experiencia es tentador dudar de gobernantes, organismos internacionales y medios de comunicación; pero, siendo críticos tampoco es nada racional poner la confianza en aquellos que teniendo acceso a una cámara digital e internet están aprovechando la situación simplemente para ganar unos minutos de fama exponiendo sus teorías conspiratorias basadas mucho en películas futuristas y de ciencia ficción.


En este contexto, he considerado prudente traer a la memoria una experiencia pasada de la humanidad en su historia de encuentros con las pandemias; seguramente no les parecerá desconocida, ya que, a pesar de ser la gran olvidada política, cultural y hasta históricamente, recientemente ha sido citada en diversos medios y en el ambiente científico, precisamente por las semejanzas que guarda con el Covid-19.


"Esto no es habitual. Esto será diferente de lo que cualquiera persona viva ha jamás experimentado. La más estrecha comparación es la influenza de 1918.

Francis Crick Institute (Centro de investigación biomédica de Gran Bretaña)


Ciertamente los tiempos no son los mismos, hoy contamos con avances científicos y tecnológicos que permiten realizar investigaciones y encontrar soluciones en un tiempo que hace cien años parecían imposibles; pero la gripe de 1918 o "gripe española" se presenta hoy como un excelente referente de los estragos de una pandemia y su valor más grande se encuentra en la postura inteligente y solidaria que asumieron ciertos ciudadanos al adoptar medidas como las cuarentenas y la distancia social para detener la expansión de la enfermedad.


Quizá la propuesta podría parecer un mero ejercicio cultural, pero en momentos como los que vivimos me parece valido buscar en tantos medios como sea posible los elementos o por lo menos los argumentos que nos mantengan a salvo. La Historia, más que una materia escolar, siempre ha sido una herramienta de perfeccionamiento de la humanidad; busquemos pues en la experiencia de nuestros antepasados.


"La Historia sirve para conocer cómo obraron nuestros antepasados, tanto si estos actos pueden considerarse benévolos como si no. Precisamente esto constituye uno de los motores que permite a las civilizaciones continuar avanzando en su proceso de evolución como sociedades humanas, es decir, debemos aprender y aprehender sobre las obras infames de nuestros ancestros para no reproducirlas, al tiempo que sobre sus actos beneficiosos ya no sólo para repetirlos, sino incluso para mejorarlos."

David Barreras, historiador.



Eran los primeros años del siglo XX. Las clases más favorecidas viven los efectos de una primera globalización; la circulación mundial de las artes hace florecer tanto el interés por los países más lejanos como las rupturas que llamamos hoy “vanguardias”; el telégrafo y la radiotelefonía llevan la información de un lugar a otro del mundo a la velocidad de la luz, mientras los primeros aviones, las grabaciones musicales, las fotografías y el cinematógrafo transforman vertiginosamente los imaginarios colectivos; los europeos disfrutan de lo que Stefan Zweig llamó “la era de la seguridad”, el sentimiento “más deseable de millones de personas, el ideal común de vida” en un momento de optimismo por el futuro.


La Primera Guerra Mundial transformará en pesadilla el ensueño de la belle époque, pero ese despertar abrupto lo completará la mayor catástrofe epidémica de la historia desde que tenemos registros: la gripe H1N1 de 1918. Se extendió entre 1918 y 1920, los científicos creen que al menos un tercio de la población mundial de aquel entonces, calculada en 1,800 millones, fue contagiada.


En tres oleadas (primavera de 1918, otoño de 1918 e invierno de 1919), la conocida desde entonces como “gripe española” mató a un número de personas imposible de determinar: algunas fuentes hablan de 20 a 30 millones, otras elevan el número hasta 50 o incluso 100, solo en un año más que en las dos guerras mundiales juntas.


A diferencia de otras epidemias de gripe, que básicamente afectaban a niños y ancianos, muchas de las víctimas fueron jóvenes y adultos sanos de entre 20 y 40 años, y los hombres se vieron notoriamente más afectados que las mujeres. También se contabilizaron victimas animales, fundamentalmente perros y gatos.


Pero aquella gripe no comenzó en España, los primeros casos se registraron en Estados Unidos durante el último año de la Gran Guerra. Hay otros estudios que apuntan a Francia en 1916 o en China y Vietnam en 1917.


El 04 de marzo, un soldado se presentó en la enfermería de Fort Riley, en el estado de Kansas, aquejado de Fiebre. Horas más tarde, cientos de reclutas cayeron enfermos con síntomas similares, y a lo largo de las semanas siguientes enfermarían muchos más, extendiendo el virus más allá de las fronteras de Fort Riley. Los movimientos masivos de las tropas contribuyeron a impulsar la propagación de la enfermedad. Países como Francia, Inglaterra, España, Italia, Rusia o México comenzaron a diagnosticar los primeros casos en la antesala del verano, aunque el número de contagios fue bastante limitado, mucho más leve de lo que iba a llegar en los próximos meses.


La "primera ola" de la enfermedad llegó oficialmente a España el 20 de mayo de 1918, cuando el diario El Sol informaba en sus páginas sobre la incidencia del extraño virus. Solo en la primera semana se contabilizaron unos 30,000 casos, que se elevarían a 250,000 para principios de junio, debido sobre todo a la celebración de verbenas y fiestas populares, como las de San Isidro en Madrid. A pesar de todo, la ciudadanía se tomó la enfermedad con indiferencia, dedicándole chascarrillos y canciones de la zarzuela. La fiebre fue bautizada como la canción más popular del momento, el “Soldado de Nápoles”, de la zarzuela “La canción del olvido”, estrenada ese mismo año.



"No hay una casa donde no guarde cama alguno de la familia. […] Los médicos hablan de fiebre gripal, del vulgar «trancazo», pero hemos creído observar que divagan un poco en este caso. […] Los madrileños, como gente optimista y chungona que son, han decidido no tomar en serio la epidemia de actualidad."

Diario La Acción, 21 de mayo de 1918


Sin embargo, tiempo después abundaba la información sobre gente que se levantaba de la cama enferma y se desplomaba en plena calle o moría a mitad de su jornada laboral. El virus mataba a sus víctimas con una rapidez sin precedentes.


Los síntomas descritos son espantosos: los pacientes desarrollaban fiebre e insuficiencia respiratoria; la falta de oxígeno causaba un tono azulado en el rostro; las hemorragias encharcaban de sangre los pulmones y provocaban vómitos y sangrado nasal, de modo que los enfermos se ahogaban con sus propios fluidos.


Corrieron rumores de que Alfonso XIII y el primer ministro Antonio Maura se habían contagiado. El rumor de la enfermedad del rey y el amplio tratamiento en los periódicos del país contribuirán a difundir internacionalmente la noticia de la grippe espagnole, Spanish flu o Spanish lady, términos probablemente manufacturados en Reino Unido debido a que los países en conflicto prefieren ocultar su verdadera situación. Y los nombres son muchas veces armas de combate para culpar a otros por lo que está mal.



España había decidido, en 1914, mantenerse neutral en la Gran Guerra, por lo que el control informativo no es tan estricto como en los países en guerra y las noticias sobre la gripe se difunden sin mayor prevención. El uso en la prensa occidental y las publicaciones médicas del término Spanish flu terminó por consolidar esa denominación.


Durante el verano de 1918, la epidemia parece adormecerse, pero en septiembre el virus vuelve con más fuerza, quizá por el cambio de estación, quizá porque los temporeros regresados de Francia lo implantan de nuevo en un mes marcado por fiestas populares y religiosas.


"Fue entre septiembre y noviembre cuando más muertes causó. El ferrocarril parece haber sido de nuevo la pieza clave en su entrada desde Francia, al traer de regreso a nuestro país al medio millón de españoles que habían ido a la vendimia francesa y los miles de portugueses repatriados al acabar la guerra".

Jose Luis Betrán, Historia de las epidemias

Para España el peor mes de todos fue octubre, cuando se registró el 45% de los fallecimientos —oficialmente se habla de unos 180,000, aunque otros estudios, manejan una letalidad mucho mayor, con 260,000 muertos—.


En Barcelona se suspendieron todas las ceremonias religiosas y se cerraron los colegios. Las autoridades municipales montaron lavaderos portátiles y se repartió un litro de cloro a 4,000 familias pobres. La empresa de ataúdes, que ostentaba el monopolio de su producción, se vio desbordada tanto por el elevadísimo número de defunciones como por una huelga de los obreros. Fueron los militares los encargados de ayudar en la sepultura de los muertos.


La segunda ola arrancó en EEUU en septiembre de 1918 en otro campo de entrenamiento del Ejército, esta vez a las afueras de Boston. Esta embestida fue devastadora y llegó a su punto máximo en el mes de octubre, en sus 31 días se contabilizaron más de 100,000 muertos. En algunas ciudades como Pittsburgh, la mortalidad se disparó al levantar las medidas de confinamiento, como el cierre de las escuelas o la prohibición de las reuniones públicas, antes de que lo recomendasen las autoridades del país.


A partir de noviembre, la intensidad de la pandemia empezó a bajar. Aun así, todavía se registraría una tercera oleada de casos a principios de 1919, sobre todo en febrero y marzo. Su incidencia fue mucho menor.



La enfermedad terminó por sí sola. Los académicos coinciden en que el final global de la pandemia ocurrió en 1920, cuando la sociedad acabo por desarrollar una inmunidad colectiva, aunque el virus no desapareció nunca por completo.


La pandemia no dejó intacta prácticamente ninguna región del mundo: sólo en la India las víctimas mortales alcanzaron entre 12 y 17 millones. En Gran Bretaña, murieron cerca de 250,000 personas, en Estados Unidos 675;000, en España 300,000 y en Argentina 36,000: por citar algunos. La mayoría de los estudios realizados dan cuenta de una tasa global de mortalidad de entre el 10 y el 20 por ciento de los infectados.


La gripe española tuvo importantes repercusiones en la estructura social e institucional -no tan grandes como la caída del feudalismo por la peste negra del siglo XIV, por ejemplo-, pero si fue fundamental en equilibrar la balanza de género en muchos países.


La falta de mano de obra a causa de la guerra y la enfermedad abrió las puertas al mercado laboral para las mujeres. En países como Estados Unidos las mujeres se vieron beneficiadas con aumentos salariales y en 1920 cuando el 21% de la fuerza laboral era femenina, el Congreso otorgó el derecho al voto a las mujeres con la ratificación de la decimonovena enmienda a la Constitución.


La pandemia de 1918 evidenció la importancia de la cooperación internacional, más allá de la pesadilla geopolítica en la que la I Guerra Mundial sumió al mundo.


En 1923, la Liga de las Naciones, organismo antecesor de la Organización de las Naciones Unidas, creó la Organización de la Salud. La agencia se encargó de crear nuevos sistemas internacionales de control de epidemias y fue conducida por médicos profesionales en lugar de diplomáticos.



La Organización Mundial de la Salud fue creada en 1948, después de la fundación de la ONU.


El daño causado por la pandemia estimuló el avance de la salud pública. En 1920, Rusia fue el primer país en instalar una red de salud, muchos otros le siguieron los pasos. Además, se crearon y renovaron los ministerios de salud, relegados hasta entonces a realizar actividades de colecta.


El Estado, después de la guerra y la pandemia, se enfrentó a una realidad desoladora viudas, huérfanos y discapacitados necesitaban de su asistencia; lo que se considera los principios del estado de bienestar.


La gripe española también tuvo un legado genético, los científicos descubrieron que los bebes nacidos durante la epidemia eran las propensos a desarrollar condiciones como afecciones cardiacas, por lo tanto, tenían menos probabilidades de ser empleados o de acceder a una educación superior. Las teorías sugieren que el estrés causado por la pandemia en las madres podría haber afectado el desarrollo del feto.


El tratamiento de la pandemia de 1918, fue complicado en muchos sentidos, el primero de ellos el enfrentarse a lo desconocido. La poderosa medicina de la época que, con tratamientos antibacterianos, vacunas y el auge de la higiene pública había acabado con casi todas las enfermedades importantes en el mundo occidental, no sabía siquiera de qué se trataba (la gripe se atribuía, erróneamente, al bacilo de Pfeiffer) ni pudo hacer nada contra un enemigo que quedaba fuera del alcance de los microscopios ópticos, hasta que los electrónicos descubrieron, un cuarto de siglo después, el mundo de los virus.


Los tratamientos también eran limitados. El primer antibiótico solo fue descubierto hasta 1928 (penicilina) y la primera vacuna para la gripe solo estuvo disponible en los años 40. Pero, ante todo, no había sistemas públicos de salud. E incluso en los países desarrollados la salud era un lujo. Las medidas de cuidados crítico, como los cuidados intensivos y la asistencia respiratoria artificial, simplemente no existían.



Lo que los médicos si sabían era que se contagiaba de persona a persona, al ingresar pequeñas gotas, producto de una tos o estornudo, a través de las vías respiratorias.


En un escenario como el que se describe, desprovisto de medidas científicas e infraestructura sanitaria, las autoridades locales por recomendación médica apelaron a la cooperación de la población general. El uso de las máscaras de tela se convirtió en obligatorio para todas las personas que desempeñaban trabajos de atención pública y la recomendación se extendió al resto de la población para evitar que la enfermedad se propagara con tanta facilidad.



Se tomaron medidas preventivas que ya habían demostrado su eficacia históricamente para intentar frenar la crisis, desinfectando y cerrando teatros, circos, talleres, fábricas, locales públicos y fronteras; se suspendieron eventos; se prohibió la importación de mercancías; se identificaron a los extranjeros que ingresaban en las poblaciones y se prorrogaron las clases y los exámenes.


Las reuniones públicas quedaron prohibidas, se impusieron cordones sanitarios, se profundizó en el seguimiento de medidas higiénicas y se emitieron ordenes de cuarentenas o aislamiento.

"La memoria de la gente es corta. Sin embargo, sí que dejó cierto legado a nivel científico y entre especialistas, confirmando y sumando conocimientos a como debían tratarse dichas pandemias. En el caso de la gente común, quien sufrió directamente perdidas o la enfermedad, evidentemente conservó el recuerdo, pero no se produjo una revelación, ni una transformación global."

Jaume Claret Miranda, historiador


Naturalmente no todos tomaron bien las medidas, muchas ciudades alrededor del mundo se negaron a adoptarlas y otras tantas las levantaron antes del tiempo recomendado. En algunas ciudades de España, por ejemplo, se prefirió no suspender las fiestas patronales, ni las verbenas.


Dos localidades estadounidenses, mostraron a principios del siglo XX el impacto del aislamiento social. En septiembre de 1918, estas localidades se organizaron para promover los bonos de guerra, cuyas ventas ayudarían en la financiación del conflicto que aún no terminaba por completo.


Estas ciudades tomaron posturas diametralmente distintas al reportarse los primeros casos de la enfermedad. Mientras que Filadelfia decidió seguir adelante con el evento, San Luis lo canceló.


Un mes después, más de 10,000 personas habían muerto de gripe en la primera. Mientras que, en San Luis, el número total se mantuvo por debajo de 700.


La disparidad en las estadísticas se convirtió en un caso de estudio que concluyó que el distanciamiento social es una estrategia eficaz para frenar las epidemias. Un análisis de las intervenciones que se realizaron en 1918, demostró que aquellos municipios que habían prohibido reuniones masivas y habían cerrado sitios públicos tuvieron un menor número de muertes.

Además, economistas de Estados Unidos llegaron a la conclusión de que las ciudades que tomaron las medidas más estrictas fueron las que se recuperaron más rápido en el aspecto económico.


Los evolucionistas nos dicen que son las especies que se adaptan mejor las que sobreviven, nuestra vida en el planeta como la conocíamos hasta hace unos meses ya ha cambiado, muchos de esos cambios ya los estamos viviendo, otros parecerán en el mediano y largo plazo; pero mientras menos tiempo nos lleve aceptarlo y adaptarnos a las nuevas circunstancias mas y mejores son nuestras posibilidades.


Un reciente estudio de la Universidad de Cambridge, Reino Unido, ofrece evidencia de que las mascarillas o cubrebocas pueden ser muy útiles para evitar una creciente ola de contagios y reactivar la economía.

"Si el uso generalizado de máscaras por parte del público se combina con distanciamiento físico y cierto confinamiento, puede ofrecer una forma aceptable de manejar la pandemia y reabrir la actividad económica mucho antes de que haya una vacuna."

Richard Stutt, investigador de epidemiología, Universidad de Cambridge


El resultado de los estudios es respaldado por los investigadores de la Universidad Johns Hopkins de Estados Unidos.


Los investigadores utilizaron modelos matemáticos para comprobarnos estos hechos, nosotros solo tenemos que usar nuestra inteligencia y sentido común, adaptar las medidas recomendadas a nuestras necesidades y posibilidades. No podemos, ni debemos olvidar que personas que son positivas al Covid-19 pueden tardar hasta 15 días en manifestar los síntomas y que en algunos casos nunca los manifestaran en cambio para nosotros o alguno de nuestros familiares y amigos, puede ser mortal. Tampoco podemos olvidar que no todos los países cuentan con la infraestructura de salud para brindar la atención necesaria si todos enfermamos al mismo tiempo, incluso muchos mas no tienen la capacidad de hacer las pruebas necesarias, ni el rastreo de casos sospechosos.


Cada uno conocemos nuestras condiciones particulares, en atención a ellas se nos ha dicho que atendamos lo prioritario, las celebraciones y vacaciones deberán posfecharse. Estamos viviendo una situación extraordinaria, que amerita una respuesta de la misma calidad; esta pandemia como cualquier otra más allá de los derechos individuales debemos guiarnos por un bien general, y no hablo de supresión de los mismos, sino de actuar con corresponsabilidad, pensando en una realidad que va más allá de nuestros deseos o del hecho de que la mascarilla causa cierto sofoco; debemos demostrar que merecemos la calidad de ciudadanos libres, estamos argumentando el derecho a una libertad que probablemente no nos ha costado ganar y diciéndole al mundo que somos incapaces de defender con ella la integridad física de todos. Me pregunto y les pregunto, ¿es esta la forma en que deseamos trascender, como la generación de la necedad, que tenía en su mano toda la información necesaria, pero que la desechaba como cualquier pedazo de madera podrida?


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