Que nunca dejes de arder
- DANIEL RAMOS

- hace 20 horas
- 9 min de lectura

Primera Misa Solemne de Fray Elder, OFM en la Parroquia de El Señor Milagroso de
Magdalena, Jalisco en el VIII Centenario del Tránsito de San Francisco
Homilía pronunciada por Fr. Daniel Ramos OFM en la primera Eucaristía Solemne de Fr. Elder Jara OFM en su tierra natal Magdalena Jalisco.
__________________
A los pies del Señor Milagroso y habiendo sido alegrados por la Palabra de Dios, permítanme saludar con afecto a todos los hermanos sacerdotes presentes. A todos los hermanos frailes, así como a los fieles que nos acompañan (aquí presentes y a través de las transmisiones) desde el Santuario de San Francisco de Asís y de la Parroquia de San Juan Bautista, de la Diócesis de Saltillo; y, de manera muy especial, a nuestra querida comunidad de la Parroquia del Señor Milagroso de Magdalena, Jalisco, que hoy se alegra al recibir de DiosPadre de las misericordias a uno de sus hijos para celebrar solemnemente su primera Eucaristía.
Extiendo también el saludo fraterno de nuestro Ministro Provincial, Fray Gabriel Cardiel OFM, quien se encuentra en la ciudad de San Pedro Garza García, Nuevo León, participando en el Definitorio Provincial, y me ha encomendado saludarlos y expresar su alegría y su unión espiritual a esta celebración.
Y, sobre todo, un abrazo fraterno para ti, Padre Fray Elder, y para toda tu familia: Don Luis, Doña Lourdes, Padre Oswaldo, Erick, Ruth y Edwin. Con ustedes, hoy todo el pueblo de Magdalena, nos alegramos y damos gracias a Dios por tu vocación, por tu sacerdocio y por el camino que comienza. Paz y bien a todos.
Padre Elder, hay palabras del Evangelio que adquieren un peso distinto cuando se escuchan delante de un altar. Hoy acabamos de escuchar una de ellas.
La víspera de su pasión, cuando la hora de entregar la vida está ya muy cerca, Jesús levanta los ojos al cielo y ora. Y resulta conmovedor descubrir que, en semejante momento, Jesús no está preocupado por sí mismo. Está pensando en los suyos. Está pensando en aquellos que tendrán que permanecer cuando Él regrese al Padre. Está pensando en quienes habrán de continuar su misión.
Y entonces pronuncia esta oración:
Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Yo me santifico por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad. Jn 17,17-19
Si observas, no pide para ellos una vida fácil ni pide que sean admirados. No pide que tengan éxito, ni siquiera pide que sean apartados de las dificultades del mundo. Es más, ni siquiera pide que no les afecte el hecho de que va a morir injustamente y deberán enfrentarse a ese gran dolor humano. Pide que sean santificados.
Y hay una expresión todavía más impresionante: Yo me santifico por ellos.
Cristo se consagra. Cristo se entrega. Cristo se ofrece. “Darse” es la esencia de su misión en este mundo.
Antes de enviar a sus discípulos, Él mismo se entrega por ellos. Antes de pedirles que ofrezcan la vida, Él ofrece la suya. Antes de convertirlos en hombres para los demás, Cristo se hace enteramente don. La institución de la eucaristía en aquel gran Jueves es la expresión más bella y luminosa de esto. Por eso este Evangelio adquiere hoy una resonancia especial. Porque estamos contemplando los primeros tus pasos sacerdotales.
Padre Elder, hace apenas unos días la Iglesia, a través de tu obispo consagrante, ungió tus manos. Hoy esas manos se levantan por primera vez solemnemente en medio de tu pueblo, en tu tierra, ante las personas que conocen tu historia, tu familia, tus raíces. Pero antes de que el óleo consagrara tus manos, Cristo ya había pronunciado sobre ti esta oración: Santifícalo en la verdad. Haciendo vida las memorables palabras de la madre Santa Clara antes de retirarse de este mundo:
“gracias por haberme pensado” (LCl 46).
Porque nadie comienza por consagrarse a Dios. Es Dios quien toma primero la iniciativa. Nadie comienza por amar a Dios. Primero descubre que ha sido amado.
Y por eso adquieren tanta belleza las palabras que escuchamos en el Cantar de los Cantares:
Grábame en tu corazón… porque es fuerte el amor como la muerte. Cant 8, 6
En el fondo, toda vocación es la historia de un amor que se fue grabando lentamente en el corazón. Hubo un día en que Dios comenzó a inquietarte, ¡de esto todos en el pueblo somos testigos!, tu participación desde niño en la adoración eucarística, tu disposición a trabajar desde adolescente en la parroquia. Después tu incorporación a la Juventud Franciscana. Después vinieron las preguntas, los discernimientos, las renuncias, las posibilidades, una inquietud que Dios te concedió compartir y sobrellevar con tu hermano, Padre Oswaldo, hoy nosotros somos testigos de cómo la inquietud juvenil de aquellos dos jóvenes hermanos ha llegado a ser una bella realidad que a todos nos llena de alegría y orgullo, pues hoy son dos sacerdotes de Cristo, de la Iglesia de nosotros.
También durante estos ya 12 años de formación que están entretejidos por momentos llenos de luz y también aquellos oscuros en que quizá no era tan fácil comprender por dónde te conducía el Señor. Con todo, el amor permaneció. Porque cuando el amor viene de Dios, las aguas no consiguen apagarlo. Y hoy ese amor te ha traído hasta este altar. Este mismo que te ha alimentado desde niño del Cuerpo del Señor. Este que ha sido escenario y testigo de tu camino como hijo de Dios y miembro de la Iglesia, en cada sacramento que has recibido, compartido con los tuyos y -últimamente de diácono- que has celebrado.

Pero, hoy mismo hemos escuchado la honestidad de la Pablara de Dios otra vez de la vox del apóstol san Pablo nos advierte cualquier idealización del sacerdocio. Nos recuerda algo que un sacerdote jamás debe olvidar:
Llevamos este tesoro en vasijas de barro. 2Cor 4,7
¡Qué saludable escuchar esto precisamente en una primera Misa! Porque hoy vemos las vestiduras, la solemnidad, la alegría de tu familia y de tu pueblo, unas manos recién ungidas, un sacerdote que comienza. Pero llegará la vida cotidiana. Estamos ya a solo unos días de ir al día a día. Llegarán el cansancio, las limitaciones, los errores, las incomprensiones, las exigencias y juicios de la gente a la que sirves y con todo… la experiencia inevitable de la propia fragilidad. Y entonces habrá que recordar: la vasija es de barro, pero el tesoro es de Dios.
El sacerdote no ha sido llamado para que el pueblo contemple la vasija. Ha sido llamado para transparentar el Tesoro.
Padre Elder, nunca permitas, que la gente se quede contigo cuando tú puedes conducirla a Cristo. Nunca dejes que admire más al sacerdote que eres, que al Señor que como sacerdote anuncias. ¡No seas como tantos que ya existimos y somos en el ministerio: llenos de nosotros mismos, cargados de sueños de reconocimiento personal y sujetos a la aprobación de nuestra gente, ¡de nuestras diócesis y de nuestra provincia!
Porque llegará un momento en que comprenderás que la fecundidad de tu ministerio no dependerá tanto de lo que seas capaz de hacer, sino de cuánto espacio seas capaz de dejarle a Dios.
Y aquí aparece inevitablemente la persona de nuestro padre san Francisco. No podía ser de otra manera. Dios en su voluntad tan misteriosa quiso que tu sacerdocio comenzara en este año de gracia. Precisamente cuando nosotros, sus hijos, estamos conmemorando ochocientos años del Tránsito de Francisco de Asís.
Hace ochocientos años, en 1226, llegó al final de su existencia prácticamente sin nada. Francisco había ido entregándolo todo: sus bienes, sus proyectos, sus seguridades, sus fuerzas, su salud, incluso su propio cuerpo. La imagen de su Tránsito de este mundo al Cielo, totalmente desnudo y tirado sobre la tierra no es una vibe romántica con la que ya todos estamos familiarizados, sino el retrato del final de Francisco del cual quedaba una vasija profundamente quebrada. Y, sin embargo, precisamente a través de aquellas grietas brillaba con una claridad extraordinaria el Tesoro, que era Cristo, que lo marco en su ser completo.
Por eso el Tránsito de Francisco no fue simplemente la muerte de un santo. Fue la culminación de una vida convertida en ofrenda. Francisco murió como había aprendido a vivir: sin propio, libre, reconciliado, alabando, con las manos vacías y el corazón lleno de Dios.

Y quizá por eso adquieren hoy una fuerza especial aquellos versos que nuestro hermano franciscano Fray Jerónimo Verduzco -el gran poeta saltillense- que escribió contemplando la radicalidad de Fray Antonio Margil de Jesús, del que también en este 2026 celebramos el tercer centenario de su muerte:
«Ser para darte y vivir… ser para los demás: arder, arder».
“Arder”. Qué hermosa palabra para definir el sacerdocio. Porque una lámpara solamente ilumina mientras se consume. Y el sacerdote tampoco ha sido ungido para conservarse. Ha sido ungido para entregarse, para gastarse. Para convertirse, como dice el mismo poema, en lámpara en oblación.
Deseo sinceramente como tu hermano en lo franciscano y en el sacerdocio: que eso sea tu ministerio: una lampara que el sábado se encendió para ser oblación pura.
Que algo de ti vaya consumiéndose cada día sobre el altar; que algo de ti se entregue en cada absolución en el confesionario; que algo de ti se quede junto a la cama del enfermo; que algo de ti se desgaste escuchando a quien necesita hablar; que algo de ti se transparente predicando la Palabra, acompañando al pobre, consolando al que llora, viviendo en la fraternidad, sirviendo al pueblo que Dios te confíe.
Porque algún día descubrirás que ser sacerdote no consiste solamente en celebrar la Eucaristía, sino en permitir que la Eucaristía vaya convirtiendo tu propia existencia en ofrenda.
Y llegados a este punto, permítanme decir algo que toca profundamente mi corazón: hoy no estoy aquí solamente predicando tu cantamisa -hecho que te agradezco el honor de habérmelo pedido- contigo comparto algo más. Somos paisanos; hijos de esta misma tierra, miembros de esta hermosa comunidad de Magdalena. Compartimos una idiosincrasia, unos recuerdos, una manera de hablar, unas raíces. Compartimos también la devoción al Señor Milagroso que nos fue enseñada desde niños; hemos aprendido delante de Él a contemplar esa Sangre derramada que nos recuerda que el verdadero amor siempre termina convirtiéndose en entrega. Y además compartimos una misma vocación, esta de lo franciscano: el mismo hábito, el mismo ideal, la misma forma del evangelio. Todo eso ya sería suficiente para sentirme profundamente cercano a ti, pero la misteriosa voluntad de Dios ha querido acercarnos todavía más, porque después de esta misa, nuestros caminos no se separarán, ya que Dios ha querido concederme el privilegio y también la responsabilidad de ser tu guardián. Y tú comenzarás tus primeros pasos sacerdotales precisamente en nuestra Fraternidad de Saltillo, que hoy día, sirve en atención pastoral al -recién elevado- Santuario de San Francisco de Asís y a la -hace 2 años erigida- Parroquia de San Juan Bautista, estos en la Diócesis de Saltillo.
De manera que no solamente me toca contemplar desde aquí el comienzo de tu sacerdocio, sino caminar contigo el inicio.
Considero una bendición el ser testigo de tus primeras celebraciones, de tus primeras alegrías sacerdotales y seguramente también de tus primeros cansancios. Compartiremos el altar y la mesa; la oración y la misión; los días luminosos y aquellos días ordinarios en los que se aprende verdaderamente a ser fraile y sacerdote.
Y confieso delante de ustedes que descubro en ello una de esas delicadezas con las que Dios escribe la historia. Venimos de la misma tierra y ahora la Providencia nos hace encontrarnos en otra tierra para vivir juntos un tramo del camino.

Por eso hoy, Padre Elder, a los pies de nuestro Señor Milagroso, de nuestras familias y de nuestra amada gente de Magdalena, no quiero prometerte que todo será fácil.
Quiero desearte algo mucho mayor, inspirado en las palabras de Fr. Jerónimo Verduzco al referirse a Fr. Margil de Jesús: que nunca dejes de arder: Arde por Cristo. Arde por tus hermanos. Arde por el pueblo que Dios te confíe. Arde cuando haya entusiasmo y arde también cuando nadie lo vea. Arde cuando te agradezcan y cuando no comprendan lo que haces. Arde cuando el ministerio sea hermoso y también cuando aparezca el cansancio. Pero arde sin hacer espectáculo del fuego.
Ilumina sin reclamar para ti las miradas. Gástate sin llevar la cuenta de cuánto has dado. Y cuando alguna vez sientas la fragilidad de tu barro, recuerda que precisamente allí puede verse con mayor claridad el Tesoro.
Porque ahora podemos comprender mejor el fragmento del evangelio que elegiste para esta tu primera misa: Yo me santifico por ellos. Ahí está todo. Cristo no se reservó nada. Se hizo Eucaristía. Se dejó partir. Se dejó repartir. Se dejó consumir.
Y ésa es, finalmente, la forma más profunda del sacerdocio: una existencia eucarística.
Quizá por eso Dios ha querido que comiences tu sacerdocio precisamente en el VIII Centenario del Tránsito. Francisco, desde aquella tarde de 1226, parece entregarte hoy su última lección: no tengas miedo de gastarte. No tengas miedo de entregar la vida. No tengas miedo de convertirte en esa lámpara en oblación.
Porque solamente quien se entrega descubre que el amor es verdaderamente fuerte como la muerte.
Y llegará un día —Dios quiera que después de muchos años, de muchas Eucaristías, de muchos hermanos amados y de mucho Evangelio anunciado— en que también tú tendrás que celebrar tu propio tránsito. Todos lo haremos.
Entonces ya no importará cuánto hiciste, cuántos lugares recorriste o cuántas responsabilidades tuviste, cuantos títulos obtuviste ni cuantos oficios provinciales desempeñaste. Sólo importará cuánto amaste.

Y ojalá entonces pueda decirse de ti lo que hoy contemplamos en nuestro padre san Francisco: que llegaste con las manos vacías porque todo lo habías entregado; que la vasija terminó desgastada, pero el Tesoro permaneció intacto; que tu vida entera terminó convirtiéndose en Eucaristía.
Y entonces habrá llegado a su plenitud aquella oración que Cristo comenzó a pronunciar sobre ti mucho antes de que tú supieras que serías sacerdote:
Santifícalos en la verdad (…) Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Yo me santifico por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad.
Fray Elder: yo, Fray Daniel, hijo de esta tierra de Magdalena, estoy doblemente feliz, una porque como magdalenense me alegro de que nuestro pueblo tiene un sacerdote más, lo que quiere decir, que Dios sigue amando a nuestra tierra. Y la otra, es porque como animador y guardián de nuestra Fraternidad de Saltillo, formaras parte de nuestra historia y de nuestro servicio a la Iglesia.
Padre Fray Elder, sé vasija. Custodia el Tesoro.
Sé lámpara en oblación. Y nunca, nunca dejes de arder. Son mis deseos.
Así sea.
Fr. José Daniel Ramos Rocha OFM




Comentarios