La belleza llamada por su nombre


“Aquí está aquel Rafael por el cual, hasta que vivió, Madre Naturaleza temió de ser superada cuando murió temió de morir con él”

Dice el epitafio que se encuentra escrito sobre la tumba de Rafael Sanzio (Urbino 1483-Roma 1520) en el Pantheon. El autor de dicho epígrafe es Pietro Bembo.


Por tanto, a Rafael, se le considera este año en su V centenario de su muerte.



Son los Museos Vaticanos los depositarios de sus más importantes ciclos pictóricos. Antonio Paolucci, que por tantos años ha ostentado el puesto de director de los Museos, lo define come: “Maestro de maestros, porque todos en la historia del arte deben algo a él”. Guido Reni, Poussin, Ingres, David fino a Picasso. E Picasso decía: “Rafael nos promete el Paraíso”. Pero Rafael simplemente nos lo la, en sus Stanze vaticane (aposentos vaticanos) está á exaltación de la sabiduría humana (el deber del hombre es conocer, comprender) y se encuentra contemporáneamente la verdad revelada. Después la leyes que gobiernan la vida y el destino de los hombres. Del mismo modo la belleza, la poesía, la representación del Paraíso, la belleza que consuela, que da a los hombres aquella felicidad que la dureza de la vida en ocasiones no consiente. De todo esto nos habla Rafael.


Mi reflexión nace precisamente del sentido de la belleza que se asoma en corazón de frente a las obras de este grande. Es justamente por esta sed de belleza , de inmortalidad, de gloria, el hombre, los hombres sienten, viven, porque creados a imagen y semejanza de Dios, porque perciben que su dignidad se refleja en aquella del Padre, que ha donado a ellos una pluralidad de talentos que no son para esconderse sino para traficar la historia que se construye cada día.


Y Chagall (Vitebsk 1887-1985), el gran pintor hebreo ruso, afirmaba que deseaba “tirar aquel guante de siete dedos en la cara al siglo (refiriéndose a la Menorah, candelabro judío, símbolo sagrado de la religión hebrea), esperando golpear en lo vivo de sus nostalgias, di provocarlo para regresar a los misterios”. Una invitación a volver a re-educar la mirada a la luz de las cosas eternas.


“¡La auténtica belleza abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo del conocer, de amar, de ir hacia el Otro, hacia fuera de sí mismo. Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de tomar el sentido profundo de nuestro existir, del misterio de cual formamos parte y del cual podemos acceder a la plenitud, a la felicidad, a la pasión del trabajo cotidiano”. Esta es una parte del discurso que el papa Benedicto XVI dirigió a los artistas en la capilla Sixtina el 21 de noviembre del 2009, mientras los invitaba a deleitar los ojos de la belleza de poder habitar el misterio y abrir nuevos horizontes a la mente y al corazón.



Y de frente a todo eso es que me vino el querer confrontarme con esta palabra: “belleza”.

San Pablo VI, Papa (1897-1978), dijo: “Este mundo en el cual vivimos tiene necesidad de belleza para no oscurecerse en la desesperación”. Y en confrontación con un mundo trágico ya se había expresado también Nietzsche (1884-1900): “Tenemos el arte para no naufragar en la verdad”, siendo la verdad, para él, un espejo de horror. De frente a esto, ¿qué fin ha llegado la belleza en su relación –un tiempo esencial- con el bien y con la verdad?.


Si observamos la realidad de hoy, la vemos dominada por una devorante privación de belleza, por lo cual podemos relacionarla con el mundo antiguo, cuando era imposible separar lo bello de lo bueno, tanto que los griegos se expresaban con kaloa kai agathos, es decir, bello y bueno, para describir la excelencia humana. En el Fedro di Platón (427-347 a.C.) encontramos:


“En lo que respecta a la belleza, como habíamos dicho, resplandecía de entre las realidades de allá arriba como Ser”.

De modo que la belleza-bondad de las cosas era (tanto más las cosas eran bellas-buenas) su verdad, su ser signo de otras verdades.


También el pasaje hebreo del libro del Génesis nos subraya que, terminando cada una de sus obrasen el tiempo de la Creación, “Dios vio que todo era bello (bueno)” (Gn, 1), puesto que el adjetivo “tob” para los dos, indica las cualidades, que para la cultura hebrea eran y son indisolubles. Sólo en el pasaje de la segunda obra de la Creación, la separación de las aguas, no viene citada la frase porque parecía contradecir el concepto de belleza como unidad y correspondencia.


La Creación es bella si es deseo de cielo. Se nutre el deseo de una relación, de una unidad con el cielo: de-seo, de de-sideribus, o sea estar lejos de las estrellas y al mismo tiempo urgir su cercanía. Lo bueno y lo bello como deseo de lo Eterno, como sed de cielo, sed de belleza oculta.


Leyendo el artículo del teólogo Bruno Forte (1949, Nápoles), quedé impresionada de la profundidad que se encuentra en la etimología de la palabra “bello”, que deriva del medioevale bonicellum (pequeño bien): bonus-bonulus-benulus-benlus-bellus. Del bueno al bello y viceversa, porque la verdad es una y, es incluso sinfónica, como el ser es uno y también es plural, no monolítico, es decir, en su fuente eterna: trinitario.



Es desde esta perspectiva (digamos “mirada” para hacer honor al nombre de mi espacio en este blog) es como se entiende lo bello como el amor que conduce al Bien eterno a vivir la muerte por la creatura amada. Es la contradicción del Eterno en la debilidad, del divino en lo humano, de la gloria en la humildad de la cruz. Es la humildad la kénosis del esplendor y a la vez el esplendor de la kénosis. La belleza vive en relación sólo si hay relación; donde hay amor recíproco hay también belleza, porque lo bello en sí es “muerte” si no está el amor. Por eso Dios es belleza.



Pero lo más impresionante es reflexionar sobre cómo hay tantos momentos en nuestra vida que consideramos “los más bellos” porque la belleza comunicada por Dios es de su misma naturaleza; siempre infinita y nueva. Cada vez es una experiencia nueva, un entrar siempre más en Dios Bondad, Verdad y Belleza. Afirma Clara Lubich: “el Paraíso está en el presente si amamos. Encontramos la belleza si amamos en el presente”.


Retomando la parte inicial de este artículo, sobre el grande talento de Rafael, dejo hablar a la misma Clara Lubich: “Todas las expresiones de la fantasía amorosa son verdad. La fantasía del amor es verdadera, lo verdadero es poesía, música, canto, pintura. La verdadera poesía, música, canto, pintura es verdad, filosofía, teología”.


Hay una identificación entre belleza y verdad, cando esta es expresión del amor. En este sentido vale aquello de “ama y haz lo que quieras”. Si es amor se puede decir todo con cualquier lenguaje. Sin amor lo verdadero es limitado, lo bello es mascara.


Cierro con dos pensamientos que espero dejen una invitación al estupor:


“El Padre es el silencio pero genera la Palabra per desplegarse y amarse, los dos son Dios. La palabra con el Silencio. ¡La Palabra con el Ser! Es el amor el Espíritu Santo, la esencia de Dios es la Trinidad”.

Chiara Lubich.


“Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente, tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses, tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero. Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría, tú eres humildad, tú eres paciencia, tú eres belleza…”.

San Francisco de Asís.


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