Director de orquesta


El arte del director de orquesta



Mientras caminaba caí en la cuenta de un conjunto de sonidos recogidos por mi percepción sensorial en una mañana de invierno. "Miao ... miao" Al principio me pareció un berrido desentonado, hasta el punto de molestar a los oídos, pero escuchándolo bien, con un poco de atención, me di cuenta que siempre seguía el mismo ritmo, lo que creaba una dulce melodía cantada por una pequeña orquesta. Cuando ese gato dejó de maullar para recuperar el aliento, parecía que incluso el silencio copiaba ese sonido débil pero armonioso.


Comencé a caminar y me di cuenta que esa melodía estaba acompañada por el sonido de mis pasos en el golpe, por el ligero susurro del viento que movía la hierba, por el gorjeo de los gorriones. El golpe parecía el sonido de las castañuelas; el susurro del viento, que con su ritmo transportaba la hierba, se parecía a un violín. El gorjeo de los gorriones asemejaba a una voz que le dio un toque final a esa música. Sin embargo, todo ese concierto fue interrumpido de repente por el molesto canto de un pájaro extraño, que luego detuvo su lamento. ¿Para hacerme escuchar esa música? Quizá.


Mientras leo, me vienen a la mente algunos versículos.


"Me divierto jugando con el agua en el vaso: la nota frágil, fresca y limpia tendía que se desvanece en una delicada convalecencia. Me repetía para poseer el encanto de ese sonido simple, áspero, fuerte y frágil al mismo tiempo. ¿Por qué esta magia me atrapó y cautivó?"

La razón de mi atención se me reveló cuando volví a encender el televisor y escuché los datos relacionados con la propagación de esta pandemia (covid19/coronavirus), que azota el mundo entero. Ante tal negatividad, refuerzo mi convicción: grande es el esfuerzo y el compromiso de muchos. Se han tomado medidas drásticas: aislamiento, distancia física, porque -hasta hoy- parecen ser las armas más efectivas para combatir esta guerra.


Entre otras cosas, este "resurgir" de una humanidad que se conmueve y solidariza con el sufrimiento de los afectados por el coronavirus, sea en la salud, en lo económico o en lo emocional, toca nuestro corazón. Conmueve verdaderamente y se mancuerna con aquella otra parte de la que estamos siendo testigos: otro inmenso ejercito formado por médicos, enfermeras, los voluntarios, fuerzas del orden público, sacerdotes y religiosos, obispos solidarios con su rebaño, policías y otros más que arriesgan y gastan en estos días el don de la vida. Y se ha dicho mucho sobre esto y con razón para que la memoria conserve estos ejemplos de dedicación.




Frente a todo esto, la lectura de los textos antes mencionados me recuerda la convicción de que, para ser de luz, este momento que se nos da para vivir debe estar envuelto en una participación viva y emocionante, que solo puede transformar el dolor, angustia, desesperación, melancolía en una fuente de esperanza y vida. Así es como las situaciones extremas se convierten en posibilidades para construir relaciones de fraternidad, amor, para tejer lazos de colores, por el hecho de que todos habrán puesto su propio ser, su creatividad, su imaginación.


Como les decía al inicio, también nos encontramos experimentando algo disonante, al parecer desafinado y desagradable, pero considero la posibilidad de arraigarme, con sencillez y pasión, en el proyecto de un futuro ya próximo al final de este túnel, que puedo construir ahora mismo.



Antoine De Saint-Exupery en “El principito” afirma:



“solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”..



La molestia de esa canción disonante y desafinada, como la de esta epidemia, se habrá manifestado para permitirle a esta que escribe (y tú que me lees) el darse cuenta de cuán armoniosa, satisfactoria y posible si se vive en conexión, es el magnifico regalo de su propia interioridad.



Regresando al fragmento citado del juego con el agua de aquel vaso, podemos experimentar que si agitamos el agua para recordar esos momentos que nos han dado frescura, fragilidad y limpieza, para que no se desvanezcan "en una delicada convalecencia" y puedan volver a la memoria y ver como es necesario hacerlos participar en la vida toda, donde todos, como todos los maestros de orquesta, se adhirieran en una melodía común, con su propia realidad existencial, así la pluralidad de elementos pueda armonizar un coro donde nadie emerge, y nadie afonda, sino que se convierte en una gota en la unidad del todo, como una gota en el mar.




Es deber del director de orquesta asegurarse que el tono, la nota de cada instrumento individual se convierta en una armonía de conjunto, un sonido general. Para el nuevo cántico que la comunidad humana deberá en poco tiempo entonar, este "maestro" solo puede ser amor. El amor redescubierto en estos tiempos, es lo único que hará cambiar de perspectiva. Si el pesimismo solo ve las dificultades frente a las posibilidades, será necesario ponemos las gafas del ese optimismo aprendido en estos tiempos difíciles para ver las posibilidades dentro de las dificultades.



Al final de esta reflexión, surge la convicción dentro de mí que todo es posible cuando nos donamos a nosotros mismos y cuando verdaderamente queremos caminar la vía del "dar más de lo que nos corresponde" en todos los sentidos. Pienso sea eso el inicio del llegar a ser sabio; no tener miedo de correr riesgos, no dudar de que la gracia más grande es la gracia compartida. Convertirnos en más que una persona al lado, en una bendición para mis compañeros de vida en este viaje existencial.



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