• Hna. Guillermina Ramos Z.

Educar

“Trabaja por instruir y, sobre todo, por educar cristianamente”.

(ESC carta a Sor Águeda Gómez, 29 de noviembre de 1918, ESC)



Educar, etimológicamente viene de latín, educere y educare, siendo el segundo la derivación del primero. Educere hace referencia a sacar o extraer lo que existe en potencialidad en el sujeto de educación, o educando, mientras que educare significa “formar, instruir, guiar, orientar, acompañar, en una dirección determinada.

Educar también es desarrollar las facultades intelectuales, morales y afectivas de una persona de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la pertenece.

Formar procede del latín “formare”, es dedicarse a crear habilidades o virtudes que no poseía el individuo y educar es guiar u orientar a un individuo para desarrollar facultades intelectuales y morales. Ambos conceptos integran el proceso de adquisición de la cultura, de los principios, los valores, las tradiciones familiares, que se trasmiten de generación en generación.

Por tanto, educar en esta connotación es una tarea de trascendental importancia, porque no sólo se refiere a contenidos, cambios de conducta, habilidades; sino que siendo un proceso de comunicación: emisor-receptor; el referente transmisor de la educación cobra una gran relevancia.


Enseñar, es instruir, es llenar de conocimientos, es mantener al alumno pasivo, desmotivado y sin tener interés por su propio aprendizaje.

Sin embargo, en esta gran tarea de educar, corresponde en primer lugar a la familia y en segundo término a la escuela, que es la que complemente la formación adquirida en el hogar, el punto de partida de ambas, es la transmisión de valores. En la vida actual no podemos evitar el hecho de que los valores estén íntimamente relacionados con los medios de comunicación y la cultura de la sociedad. Es por eso que los padres de familia y maestros deben estar atentos para poder entender el fenómeno educativo en este contexto y actuar en consecuencia.


Ciertamente la escuela tradicional se ocupó siempre de trasmitir información, conceptos, conocimientos, que en su momento dieron buenos resultados; pero hoy estas metodologías que algunos docentes desgraciadamente aún practican, rutinarias y carentes de interés para los alumnos a quienes mantienen pasivos, disculpen el término, como depósitos que hay que llenar de contenidos, conceptos, información, procesos mecánicos y consideran aprendizaje a los que al pie de la letra repiten lo que les han trasmitido resultan totalmente fuera de contexto.

Cuando educar es acompañar todo el proceso de información y formación del educando, de tal manera que, una vez dadas las condiciones, se provoque en él la curiosidad del saber, de la investigación, de la criticidad, de llegar a la verdad y de ser el responsable directo de su propio desarrollo. Es decir, hacerlos libres y autónomos para que lleguen a tener el gusto por aprender, por indagar, por penetrar los insaciables, aunque no fáciles caminos de la sabiduría, no cómo cúmulo de conocimientos, sino como acopio de experiencias que hagan de él una persona capaz de amar y de servir a sus semejantes.

En opinión de Juan María Segura:

“la educación es la actividad que mayor potencial ofrece de transformar la conciencia del ser humano. Educar transforma conciencias (…) supone adentrarse en un proceso interno transformador que incluye mirarse y reflexionarse íntimamente, explorarse y aceptarse, aprendiendo a modelar apetitos e impulsos, a desarrollar creencias y convicciones, a embeberse de una arquitectura de valores y principios, además de desarrollar las tan mencionadas habilidades del siglo XXI”.

(Revista Digital: Qué Es educar, de Juan María Segura, Argentina, 2017).

Educar se sustenta en un proceso que comprende tres elementos muy importantes: formar, Informar, transformar.

Toda vez que se adquiere la información a través de sus múltiples formas: formal e informal, esto llevará al sujeto del aprendizaje a ir apropiándose de lo que va adquiriendo, conocimientos, habilidades, destrezas y aplicarlas a la vida cotidiana que le va proporcionando una formación a través de los aprendizajes significativos; es decir, aplicar todo conocimiento a la experiencia y mediante el análisis y aplicación a circunstancias concretas de la vida, lo va formando hasta llegar a ser agente de transformación de sí mismo y de los diferentes escenarios donde se desarrolla. Quien no aplica lo que aprende, puede decirse que no aprende.


Quien no aprende para transformar, deja inconcluso este proceso y si falta alguno de los tres aspectos antes mencionados el trípode no se podrá mantener de pie y no responderá a los fines para los que fue creado.


Educar también es un proceso que consiste en facilitar el aprendizaje o la adquisición de conocimientos, habilidades, valores, creencias y hábitos de un grupo de personas que los transfieren a otras, a través de la narración de cuentos, la discusión, la enseñanza, el ejemplo, la formación y la investigación.

En el proceso enseñanza-aprendizaje somos emisores y receptores y viceversa; porque aprender en su sentido más amplio, es un proceso de comunicación verbal, no verbal a través del lenguaje corporal (Neurolingüística), actitudes, gestos, palabras y acciones. Recibimos, codificamos, emitimos; recibimos, retroalimentamos, emitimos de manera cíclica.



PROCESO ENSEÑANZA - APRENDIZAJE


La experiencia educativa es todo aquél conjunto de interacciones con personas, contextos, fenómenos, situaciones, que tienen un efecto formativo en nuestras conductas (habilidades cognitivas, afectivas, psicomotrices; es decir, en las tres esferas de la personalidad del ser humano).

Nosotros somos el resultado de nuestras interacciones y tenemos la capacidad de aprender donde quiera que estemos y con quien estemos, de ahí la importancia de ser un referente ético, axiológico, congruente; porque todos aprendemos a través de la imitación, de ahí la trascendencia de estas conocidas palabras: “educa con el ejemplo”.

Causa más impacto lo que hacemos, que lo que decimos.

Todos aprendemos por imitación, de ahí la importancia de los Educadores (padres de familia, docentes y demás agentes que intervienen en el proceso educativo de manera directa o indirecta); por lo que debemos ser los referentes éticos y axiológicos que puedan contrarrestar esa vorágine de antivalores de la universidad de la calle; proporcionar a nuestros hijos y alumnos las herramientas necesarias que les ayuden a caminar con seguridad por la vida y a correr los riesgos de tomar sus propias decisiones y asumir las consecuencias, con verdadera libertad, autonomía y dignidad.


Generalmente la educación se realiza a través de figuras de autoridad: los padres de familia, sacerdotes, educadores; pero también los estudiantes aprenden por sí mismos de manera autodidacta. Sin embargo, donde quiera y en cualquier tiempo es posible aprender.

El punto de partida de todo, reitero de todo proceso educativo es la familia, donde a través de los padres, quienes son los primeros y legítimos educadores, trasmiten los valores, creencias, tradiciones y todo lo que supone el bagaje de principios rectores conforme a la Ética y a la Moral.

La Exhortación Apostólica FAMILIARIS CONSORTIO, de S. S. Juan Pablo II, expresa que la familia constituye, a través del matrimonio, uno de los bienes más preciosos de la humanidad. (Familiaris Consortio, S. S. San Juan Pablo II, 1, 22 de noviembre de 1981).

Al aprender por imitación, un referente que no reúna las cualidades éticas y axiológicas necesarias se convierte en un deformador, en lugar de formador y aquí entran de una manera amplia los primeros educadores, los padres y los educadores propiamente dichos (docentes y maestros), que de tal manera preparan a sus hijos y educandos, que puedan entrar y salir a la universidad de la vida, de la calle y de los diferentes escenarios donde se desarrollan exitosamente. Es pertinente aclarar que educar es muy diferente a enseñar.

Enseñar es desarrollar y perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios y ejemplos. Enseñar es un proceso de asimilación de contenidos. Por lo tanto, hay una diferencia abismal entre el docente que educa y forma; que el maestro que enseña, que trasmite conocimientos.


Educar es una tarea sagrada, educar es tocar el alma, educar es descalzarse, para con respeto y amor, entrar en esos santuarios humanos que son los alumnos y trascender. Educar es penetrar en ese misterio que es la persona de cada estudiante y acompañarlo, guiarlo para que él se de cuenta de todas sus potencialidades y sea el sujeto de su propio crecimiento.


Educar es dar herramientas para la vida; educar es amar; educar es engendrar a un nuevo ser a través de la entrega cotidiana, la palabra amable, la empatía, la escucha, el conocimiento de cada estudiante, de los diferentes ambientes donde se desarrolla; intercambiar no sólo conocimientos, sino dones, puntos de vista y desarrollar en él su capacidad de análisis que lo ayude a emitir juicios sobre el mundo, la vida, la persona, la sociedad, a interpretar los fenómenos, a saber leer entre líneas. Engendrar es sufrir dolores de parto para dar a luz una nueva criatura y esto solo es posible con dolor a través de la entrega, el sacrificio y la ayuda sin límites de cada educador, para contribuir a la realización del sueño de Dios que lo hizo a su imagen y semejanza y desde toda la eternidad y quiere hacer de él una obra maestra.

Educar es ayudar a ser, naciendo poco a poco a la luz; es el proceso que nos hace pasar del seno materno de la naturaleza en dependencia e ignorancia al reino de la verdad, de la libertad, que es el reino del espíritu.

  • Educar es posibilitar el alumbramiento del ser.

  • Educar es respetar la dignidad de cada ser humano.


Educar es una tarea maternal y liberadora, que presupone fecundidad de entrañas y generosa libertad de corazón, misma que sólo es posible cuando hay calor y amor. Porque se da a luz no para retener, sino para que el otro sea; es decir, realice su propio camino y construya su propia casa en el mundo y lo más importante, realice en su persona, la obra maestra de Dios para lo que fue creado a través de una misión.

En este sentido, hoy más que nunca, cobran vida las sabias palabras de nuestro padre fundador de nuestra congregación Silviano Carrillo Cárdenas (1861-1921), de feliz memoria,

Como me lo encargas, pido a nuestro Señor te ayude en todo. Deseo que esos niños que están a tu cargo sean aplicados y buenos, para que des cuenta de ellos a tus superioras, a sus familias y, sobre todo, a Dios”.

(Carta a Sor Juana Berchmans, 20 de diciembre de 1920, ESC.).



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