¿Venganza de la creación?

Escuché dos cosas hoy apenas desperté: a fray Raniero Cantalamessa decir: “Dios dio a la creación una especie de libertad para obrar” y … el silencio de la ciudad, ya reinando desde más de un mes pero esta mañana más intenso que nunca.


Los sábados santos tienen ese misterioso don que nunca falta en cada año: el silencio estrujante de la atmósfera, no es fantasía, es mi experimentada percepción. He vivido sábados santos en la misión en pueblos lejanos, en medio a las alegres multitudes de ejercicios espirituales multitudinarios, en trabajo de cocina, en solemnes ceremonias litúrgicas, incluso en el calor de casa con mi familia, pero este sábado es por demás especial. En medio de esta atmósfera de aislamiento y miedo por la presente emergencia mundial que ha alcanzado a gran parre de la comunidad humana en toda la extensión del planeta.


Reza la sentencia contenida en la “Antigua homilía” de autor desconocido de la antigüedad cristiana en la segunda lectura del Oficio de lecturas de este sábado:


"¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse”


Aristóteles (385 a.C-323), desde la antigüedad griega, estaba convencido de que la naturaleza no tenía su origen en un acto creador de ningún dios, sin embargo aceptaba que toda la creación tenía en sí misma un conocimiento propio y una voluntad, características de las cuales se serviría –como un ser vivo- para su defensa y supervivencia. De aquí que el filósofo de Estagira sea de los primeros de una gran cadena de pensadores y teólogos que estarán convencidos de la eternidad de este mundo, es decir, la negación de un momento “final” de todo lo creado.




Fue ayer, viernes santo, en la solemne –y vacía- celebración de la Pasión del Señor, en la basílica de San Pedro en el Vaticano, donde una vez más Raniero Cantalamessa, sacerdote franciscano capuchino y predicador del Papa, dirigió la homilía con, ciertamente, un matiz especial en esta ocasión. Me golpeo fuerte escuchar:


“Los males naturales; terremotos y epidemias, no es que Dios los produce, sino que Él ha dado a la naturaleza una especie de libertad cualitativamente diferente –ciertamente – a aquella libertad moral del hombre pero al fin, una forma de libertad para evolucionarse según las leyes de su propio desarrollo”.

Las palabras del predicador de la casa pontificia fueron contundentes y reafirman actualizando la realidad predicada por san Pablo: “la creación espera su redención” (cfr. Rm 8,21). Contundentes en el sentido de que, no obstante nos encontremos viviendo en el año 2020 la idea de que un mal natural (como esta pandemia, por ejemplo) sea un castigo divino o también una especie de protesta de la creación contra la raza humana por su desmedido maltrato y usufructo, se encuentran vigentes y muy presentes hoy en día.


Presbitero Fray Raniero Cantalamessa, italiano, nacido en 1934. Predicador de la Casa Pontificia.


En lo primero, me adhiero a Cantalamessa: “Dios no es aliado de la pandemia, sino aliado del hombre”, a propósito agregaba la sentencia de que todo aquel que le atribuya culpas o reclamos a Dios, el día en que se presente ante él se avergonzará terriblemente. Dios es lo perfectamente bueno y correcto en intenciones que alcanza a ver todos los beneficios y bondades que nosotros podemos extraer de situaciones de prueba extrema como lo que estamos viviendo en la actualidad. Su “permisividad” es pedagógica, es amaestrante maternalmente hablando.


Sobre la idea de una especie de “golpe de defensa” de parte de la creación para con el hombre y su descuido, podemos decir que, no obstante las evidencias de las que hemos sido testigos a través de noticias fascinantes que hemos visto circular en los medios de comunicación, donde algunos animales retomaron sus espacios, donde volvieron a florecer algunas especies de plantas y flores (como el caso de mi vecina “Villa d’Este” y sus tulipanes), y la escandalosa realidad de la notable disminución de los niveles de contaminación en distintas partes del mundo. No obstante todo esto, no podríamos afirmar que es una realidad esta “venganza” de la creación contra el hombre. Sería adherirnos la convicción aristotélica de la eternidad del mundo a la cual, no obstante mi formación filosófica, y prescindiendo de mi formación teológica, no soy partidario.


Cierto es que la naturaleza ha recibido esta libertad para su subsistencia porque Dios la creó “necesaria y bella” (cfr Gn,1); necesaria a modelo de la Providencia de Aquel que la creó y bella para ser modelo de aquel para quien fue creada. Es necesario que, ante esto que estamos viviendo caigamos en la cuenta de la urgencia de cambiar nuestra actitud para con la “casa común”, nuestro planeta, a quien Francisco de Asís llamaba “madre tierra”. Educar a los más jóvenes, tomando como base esta terrible experiencia de encierro y vulnerabilidad, para infundir el respeto a todo lo creado, a la vida en todas sus manifestaciones y la alabanza de la belleza que poseen por ser parte visible del torrente del don del amor y la belleza que posee Dios en su Ser, realidad que el pobrecillo de Asís calificaba con el apelativo nada exagerado de


“Todo Bien, sumo Bien, Bien Total".


Este silencio avasallador, propio del sábado santo, donde la liturgia instruye al pueblo diciendo que “el Creador duerme”, figura y símbolo del sueño de la muerte de Cristo contenido en el sepulcro, nos sirva de inspiración dentro de nuestra cuarentena voluntaria para agradecer a Dios Creador por los bienes que nos ha dado en la naturaleza, pedir perdón por los excesos que nos hemos permitido en perjuicio de nuestro planeta y alzar al cielo un promesa sincera y aterrizada de que una vez que salgamos seremos seres humanos más agradecidos y ciudadanos más civilizados, dadores y promotores del respeto a todos por estar vivos, por simplemente existir.


Aún en nuestro silencio de casa, confundidos en este barullo de temor ante el peligro del posible contagio y con realidad aceptada de la muerte siempre “untada en las plantas de los pies” –como diría Sabines- en cada paso que demos, preparemos el grito que estamos ansiosos de exclamar con toda la comunidad mundial, con la comunidad de la creación: ¡Aleluya! cuando salgamos de nuestras casas a retomar nuestras vidas. Cuando saldremos a construir la nueva Pascua que urge.


¡Felices pascuas de resurrección!

Tívoli, sábado 11 de abril, 2020.




Obra del pintor y político Carlo Crivelli realizada entre el 1470 y 1475. Se encuentra en la iglesia franciscana de Montefiore dell'Aso, en "Las marcas", Italia. Dos angelitos tristes cargan el cuerpo muerto de Cristo. Resaltan las mejillas rosadas de dolor y cansancio de los pequeños ángeles con el rostro demacrado del Cristo muerto. La orden franciscana siempre ha visto en el dolor del Salvador en su pasión una fuente de belleza y salvación para todos los hombres.



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