Vías altruistas para un nuevo humanismo

"Te suplico, Dios mío, busca existir,

al menos un poco, para mí.

Abre tus ojos, ¡te lo suplico!

No tendrás más qué hacer que esto,

¡seguir lo que sucede, es muy poco!

Pero, oh Señor, esfuérzate por ver, ¡te lo ruego!

Vivir sin testigos, ¡qué infierno!

Por esto, forzando mi voz, grito, exclamo:

“Padre mío, te suplico y lloro: ¡existe!”.


El poeta Alexander Zinov’ev (1922-2006) es el autor de esta poesía que encontré en un libro de Monseñor Ravasi. Pasa, en la oración, desde el término “Dios” al término “Padre”. Te lleva propiamente al pensar que se convierte en amor. Es a este pasar a convertirse en amor a lo que estamos llamados a hacer, saliendo de nosotros mismos e ir hacia el otro.


Este periodo de epidemia, donde acecha a todos el así llamado coronavirus (covid19), está obligando a todos al aislamiento, a la lejanía física con el otro. Para los cristianos; hechos para la comunión y para la unidad, para crear relaciones estrechas, esta condición parecería ponernos límites. Sin embargo, la creatividad del amor pone a trabajar la fantasía y ocurre que observamos leyendo a tantos niños que nos relatan actos de amor para superar la dificultad en el estar en casa. Jóvenes que se conectan “on line” para sincronizar con otros en momentos dedicados exclusivamente a la oración. Otros más que, como emprendedores, se ponen contra corriente y se dedican al servicio del bien común no obstante la poca o nula ganancia económica personal.



Hoy se conecta con WhatsApp, con mail, con llamadas telefónicas para consolar, atender y acompañar. Son tantas las iniciativas que comunican la necesidad y emergencia de permanecer unidos. Todas estas oportunidades ofrecidas no tanto para huir de la realidad o buscar a toda cosa sobrevivir, sino para ubicarse en el presente mirando cada ocasión dolorosa como un lugar de encuentro con el otro y como construcción de relaciones de fraternidad.



No se sabe cuánto durará esta emergencia, pero va a terminar. ¿Y entonces? ¿Nos acordaremos de eso que vivimos?, ¿De las promesas que nos hicimos para cambiar?. Quisiera mostrarles una posibilidad para aprender a estar bien con los otros. En los últimos decenios se ha asistido a algunos interesantes tentativos para replantear o profundizar los contenidos sobre la fraternidad en varios ámbitos.



Al interno de la psicología evolutiva y social, ha estado emergiendo un nuevo horizonte orientado la educación a la PROSOCIALIDAD.


El comportamiento prosocial ha sido definido como:


“acción directa para ayudar o beneficiar a otra persona o grupo de personas sin esperar recompensas externas”.


Un comportamiento así incluye acciones de ayuda, altruismo, colaboración, compasión, comprensión, condescendencia, disposición no agresiva, división de bienes, donación, empatía, generosidad, gentileza, operosidad, solicitud, todo encaminado a mejorar el bienestar general mediante la reducción de las injusticias sociales. Pero todas estas acciones, casi siempre implican un cierto riesgo, un sacrificio (en la mayoría de las ocasiones la muerte de sí mismo y del propio yo) o un costo personal.


En efecto el psicólogo M. O’Connor identifica el comportamiento prosocial en aquellas acciones que, dependiendo de quien las opera, tienen como fruto una disminución de las dificultades o un aumento de la satisfacción de otra persona. En otras palabras, la falta de recompensas externas directas, una vez que se ha asimilado establemente, dicha acción se transforma en sí misma en algo motivante.


Los estudios en esta área (prosocialidad) parten de la normalidad de la vida individual como criterio para una impostación psicopedagógica.


Entonces, cuando habrá ya pasado la fase de esta epidemia, se deberá proyectar una educación para vivir en la sociedad; no se puede pensar de una mejor manera; es decir, maestros y padres de familia deberán ser entendidos como posibles agentes de cambio positivo a través de los jóvenes.


Los estudios realizados en este campo han evidenciado que la conducta prosocial puede ser de gran valor y que para desarrollarla se debe entrenar con esmero. En esto, la familia posee un papel esencial.


Les propongo algunos elementos de este proyecto para que se dejen seducir y así invitarlos a la investigación.


  • Un primer elemento viene dado por el “retardo de la gratificación”. Los niños no están en grado de esperarla por largo tiempo. Es lógico suponer que en cada conducta prosocial haya una recompensa externa o interior, lo que hará decisiva más que nunca la capacidad de esperar.


  • Un segundo elemento es la capacidad del individuo para asumir el punto de vista de aquel que necesita de ayuda. Es vivir la empatía; la capacidad de hacer propia la realidad del otro. Los estudios de Mussen y Eisenberg (1977) afirman que la capacidad empática puede reforzarse mediante el entrenamiento. Así, en las prácticas de disciplina o castigo serán más eficaces aquellas que expliquen la naturaleza de las consecuencias de la propia conducta no altruista sobre la otra persona, Incluso, para que se produzcan comportamientos prosociales, parece ser necesario un cierto grado de “asertividad”, en el sentido de un cierto grado de iniciativa y decisión. Al niño no le basta percibir o sentir las necesidades del otro, sino que es necesaria la acción; “que actúe”, por eso deberá vencer algún posible riesgo, por ejemplo algo que no logre hacer (es decir que no sepa hacerlo con éxito), o también algo de que lo que los otros se burlen. Entre otras cosas, deberá tener una capacidad para saber intervenir. Para tal fin, convendrá que los padres no sólo no inhiban la espontaneidad asertiva de los niños, sino que se les permita una expresividad o una canalización hacia el comportamiento de ayuda.


Por último otro elemento es el concepto que se tiene de sí mismo y la autoestima, que actuarían como elementos de seguridad. De igual manera un importante refuerzo es “la atribución”, o sea todas las expresiones verbales que manifiestan una percepción positiva del comportamiento que se está observando.


De todo eso podemos deducir que las implicaciones familiares son necesarias y que debemos esforzarnos en ello.


En lo que respecta a los trabajos de Coopersmith (1967) se deben considerar los antecedentes familiares para una buena autoestima en el niño: -que los padres tengan una buena autoestima-, que el niño sea bien aceptado, y esto se demuestra con el afecto. Que haya pocas reglas y límites, pero muy claros siempre en la disciplina y que se hagan respetar. Que al interno de estos límites el niño tenga la posibilidad de llevar adelante iniciativas en la libertad y siempre en la responsabilidad.

En definitiva, si tuviéramos que comprobar y definir cuáles son las características del estilo educativo prosocial, se debería volver a elencar las capacidades positivas, pero quizá es mejor definir los aspectos funcionales para obtener los buenos resultados. Estos son: desapego emotivo, autocontrol, saber perder, capacidad de meterse en juego, todos en continua evolución para llegar a poder ser activos, eficaces, determinantes y asertivos.


Es una materia educativa sobre la cual vale la pena, que se debe obviamente enseñar y reforzar en casa, así como continuar reflexionando para estar preparados a educar a una sociedad mejor, que pueda finalmente fundarse sobre la centralidad del otro.



"Cuando habrá ya pasado la fase de esta epidemia, se deberá proyectar una educación para vivir en la sociedad" / Profra. Paola Recchia

(Traducción del italiano al castellano por parte de Daniel Ramos, si hubiese alguna duda contáctame )


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