La tragedia de Tristán por Luis García Vargas

Tristán era un niño de 12 años, no tenía motivación alguna, odiaba a todo y a todos, carecía de empatía al igual que no le interesaba lo que la gente pensara de él. La escuela era un infierno, nadie absolutamente nadie le hablaba y los maestros lo odiaban por su forma de ser, a pesar de ser un chico inteligente, de buenas calificaciones, no estaba contento consigo mismo. El único amigo que ha tenido Tristán en su vida se fue a otra ciudad y jamás volvió a hablar con él, así que no tenía a nadie más que a sus padres y sus perros (Isabelle y Marcus). Esta es la tragedia de Tristán.


Era un lunes por la mañana, la alarma había sonado como varias alarmas sísmicas en una sola. Tristán no tuvo más remedio que levantarse de la cama y vestirse e ir a la magnífica cárcel llamada “escuela”. Cuando se terminó de vestir fue a la cocina a buscar que comer… No había nada más que un miserable chorro de leche en la botella que se supone sus padres recién habían comprado, como si no hubiese otra opción, el niño tuvo que servirse esa leche y era lo único que “comería” durante la mañana. Fue a la habitación de sus padres, su madre estaba acostada en la cama viendo las noticias (como siempre).

-Mamá ¿me llevarás a la escuela?- preguntó Tristán inquieto. Su madre lo miró de reojo y dijo: -Dile a tu papá, yo estoy muy ocupada- Dice confundido -Pero mi papá ya se fue- Su madre a regañadientes se levantó de la cama, agarró su pantalón que había usado el día anterior y buscó entre los bolsillos unas monedas, dijo -¡Toma esto!- dijo la madre dándole una moneda de 10 pesos -¡Vete ya!, si no llegarás tarde a la escuela-

Tristán se quedó mirando detenidamente la moneda de 10 pesos -no es suficiente ¿Qué se supone que comeré durante el día? -Yo que sé- gruñó la madre. -¡Zorra…!- susurró Tristán algo molesto. Agarró sus cosas y se marchó de la casa, en camino a la parada de autobús. Afortunadamente llegó a la escuela a tiempo y aquellos 10 pesos fueron suficientes para pagar el autobús.

La jornada de la escuela era la misma: Matemáticas en la primera clase, después Biología, Geografía, Historia y mas pronto que tarde el alabado recreo, pero no dura para siempre, al entrar al salón de clases tenia Computación, Inglés y al final Español. Las clases eran monótonas para Tristán, nada interesante pasaba, los maestros (en especial el de mate) eran aburridos, pero ese día de clases había sido el más interesante de toda su vida, se había peleado con uno de los brabucones, ambos de por sí ya tenían un conflicto desde el inicio del ciclo, solo era cuestión de tiempo que Tristán lo pusiera en su lugar, a pesar de ser tan emocionante al fin de cuentas Tristán quedo peor, le metieron un reporte.



Al llegar a la casa las cosas no cambiarían. Por primera vez sus perros labrador no iban a recibirlo, se le hizo raro, caminó hasta la entrada de la casa y los vio acostados, Isabelle no se podía mover, al ver a Tristán comenzó a mover su cola de felicidad sin embargo Marcus comenzó a gruñirle -¿Qué les pasa Marcus?- se preguntó asombrado, nunca había visto a su perro tan enojado como aquella vez, parecía que en cualquier momento Marcus saltaría para morderle la cara. No pasó. Tristán en un intento desesperado por pasar a la casa corrió rápidamente a la puerta y antes de que Marcus le mordiera la pierna, pudo abrir y dejo ambos afuera, sin darle importancia camino a su cuarto para quitarse aquel horrendo uniforme.


Con ropa cómoda camino hacia la sala y ahí estaba el gordo de su padre viendo la televisión con los pies arriba de la mesa -¿Qué no tenias que ir al trabajo?- preguntó Tristán -¿Y eso a ti qué?- respondió de manera ruda su padre, se notaba a leguas que lo habían despedido (otra vez). -Tienes razón, no me importa en lo absoluto- Algo molesto se volvió hacia su cuarto y se encerró con su teléfono.


Más tarde decidió salir y dirigirse a la cocina, ahí estaban sus padres comiendo tranquilamente -Mamá…- dijo débilmente -¿Qué quieres? -Contestó indiferente su madre -¿Me firmas esto?- le acerco un papel y una pluma -¿Qué es esto?- Leyó el papel detenidamente, se dio cuenta que era un reporte -¿¡Otro reporte!?- grito histéricamente -Es el primero- Su padre se levantó de la mesa -¿Quién te crees que eres para responderle así a tu madre?- Gritó Tristán -¡Yo solo le digo la verdad!, no es mi culpa que mi madre sea una zorra que no se acuerde de nada- Sin antes prevenirlo su padre le dio un fuerte golpe en la cara tirándolo al suelo -No te vuelvas a dirigir así a tu madre- Con actitud retadora dijo -Es la verdad-


Tristán sonreía, se sentía libre al decir lo que pensaba por fin -¿acaso no te das cuenta de que ella siempre mete a hombres mil veces mejor que tú?- Su padre se estaba quitando el cinturón para darle su merecido -¿te callas? O ¿te callo?- Dijo enfadado Tristán -Primero aprende a tener un empleo estable y después me callas- Se hecho a correr hasta su cuarto rápidamente y se encerró ahí, pudo oír como su padre daba fuertes golpes a la puerta y patadas, enfurecido gritando cosas sin sentido.


Cuando cesaron los golpes Tristán se fue a su cama, mirando al techo, intentó dormir, pero sus pensamientos no lo dejaban. Cualquier persona podría pensar que todo lo que le pasa a Tristán lo hacen la víctima, pero la realidad es otra, él no sabe cuando callarse, dice todo lo que piensa, no es hipócrita. Si tiene algo que decir, lo dice y sin rodeos. Al final se quedó profundamente dormido.


A la mañana siguiente. La alarma no sonó, Tristán se levantó confundido, no sabía el porqué, reviso su teléfono y estaba apagado, claro anoche no lo puso a cargar. Fue a la cocina para ver el reloj que estaba ahí, pero no funcionaba, no escuchaba el televisor del cuarto de su madre, y el ambiente estaba demasiado frio. Se dirigió al cuarto de sus padres, fue a su cama y busco a ciegas algún bulto entre las sábanas para despertarlos. No había nadie. Ni siquiera escuchaba los ronquidos de su perra Isabelle. Todo era bastante diferente.

Se puso su uniforme para ir a la escuela, agarró su mochila y cuando abrió la puerta notó que no estaban sus perros, no estaba el frondoso pasto en el jardín, al alejarse de la puerta vio que no había nada más que pura roca. Dirigió su mirada hacia arriba y lo que algo lo dejo paralizado. El cuerpo celeste que atrajo toda su atención era... ¡La Tierra! No cabía duda, Tristán por alguna extraña razón estaba atrapado en la luna. Él no lo podía creer, se puso pálido y corrió a su habitación, se metió entre las sábanas, cerró sus ojos y suplicaba todo fuera un sueño, pero ¿qué hay de aquella sensación de estar lejos de tu hogar? No podía dormir, se quitó las cobijas y vio que aún seguía ahí, a pesar del tremendo frio que hacía, no paraba de sudar como si hubiese corrido 5 kilómetros sin parar.



No sabia que hacer, duró mucho tiempo en la cama tratando de dormir, pero no podía, se paró de la cama y fue a la cocina con la cabeza baja, vio que aun estaba en la luna, se sentó en el suelo recargado en la pared y comenzó a llorar. Escuchó que la puerta principal se abrió lentamente, pensó que tal vez si era un sueño y que sus padres habían llegado. Emocionado se levantó, y dirigió a la ventana para ver quien había entrado. Lo que vio lo dejo perplejo, era una cosa cuadrúpeda parecida a un oso, con garras tan afiladas como cuchillos, tenía tres ojos, carecía de nariz y de pelaje, y unas espinas salían por todo su cuerpo. Tristán al ver eso gritó. Evidentemente oyó sus gritos y se dirigió en dirección a él.


Tristán rápidamente corrió a su cuarto y se encerró, puso una silla para detener la puerta y se sentó en la cama asustado tomándose enérgicamente la cabeza diciendo: -¡No!, no puede estar pasando esto- sollozó -¡Esto no es real… es ¡imposible! ¿Cómo es que puedo respirar? ¿Por qué no he muerto a falta de oxigeno? ¿Por qué puedo escuchar ruidos en el espacio si no hay aire? ¿Y que diablos hago hablando solo?- Confundido prestó atención a su poster de la señoría Rita Hayworth esperando a que al menos le diera una respuesta algo esperanzadora. Convencido dijo -¡Estoy delirando…!-


Se dirigió de nueva cuenta a la ventana y vio todo el terreno rocoso y blanco que lo rodeaba. Era sólo eso, rocas. Tras unos segundos, vio a lo lejos algo. Tomó unos binoculares que tenía, quién sabe porque razón, en su escritorio y notó que se aproximaba una araña gigante de un solo ojo. Tristán sobresaltado se quedó sin fuerzas y los sus binoculares cayeron al suelo. -¿Cómo es que…?- Al instante algo distrajo su atención. Se escuchó un ruido estruendoso, la cosa con forma de oso logró romper la puerta con su cabeza, Tristán lo vio y se subió a su cama y gritaba -¡Aléjate!-


Esa cosa gruñía como un león, mostraba sus largos y finos dientes como agujas, Aquella criatura logro posar su pata delantera encima de la cama. Tristán asustado le aventó lo primero que tomó con sus manos, que pudo habar sido un botella, porque se quebró en miles de pedazos. Por fortuna o por desgracia, le cayó al ojo, y de dolor, dio un rugido de fuerte. La bestia se movió tenazmente y tras unos segundos salió de él un líquido negro, que le brotaba del ojo. Tristán intuyó que al perder la atención de la bestia, podía salir rápidamente de su cuarto. Se dirigió a la habitación de sus padres y se metió debajo de la cama. Jadeaba como perro.

No fue consciente del tiempo, seguro llevaba horas o apenas algunos minutos, culpaba al reloj descompuesto de la cocina, como si fuera, quizá, el culpable de todo. Ya no escucho ruido alguno. Decidido a salir, se percató de que alguien entro a la habitación, pudo ver cuatro pies como de humano caminando coordinadamente. Tristán sacó su cabeza para ver quien era, lo que vio fue horrible e inhumano, se trataba de otra bestia pero esta era dos cuerpos que tenían pelaje de cabra, tomados de la mano, con solo había una cabeza. Tristán volvió a meter su cabeza asustado, sintió como su corazón se le quería salir del pecho.



Continuará...

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