La casa común: SU ALIMENTO

Actualizado: sep 4



JUEVES 3 SEPTIEMBRE 2020

JUBILEO DE LA TIERRA

Laudato si, mi Signore,

sora nostra matre Terra,

la quale ne sustenta et gouerna,

et produce diuersi fructi

con coloriti fior et herba.

(texto original, dialecto umbro)

Alabado seas, mi Señor,

por la hermana nuestra madre tierra,

la cual nos sostiene y gobierna

y produce diversos frutos

con coloridas flores y hierbas.


Lc 5, 1-11

“Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían.

(…) y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.”


En el camino que hemos venido trazando para estos cuatro días dedicados a iluminar desde la luz del evangelio, la conciencia de amor y cuidado hacia la “Casa común”, hemos ya destacado, desde las palabras de Francisco de Asís en su Cántico de las criaturas, dos acciones de la Madre tierra que hablan de fuerza y poder: gobernar y sustentar. Hoy toca destacar un aspecto que brota de su bondad, de su maternidad en su más puro estado original: ese del alimentar, que es dar, darse a sí mismo, compartir lo que se es.


La acción de alimentar es una de las más nobles que una criatura –no solo el ser humano- puede ejercer en este mundo. La necesidad de comer es la más elemental del existir probablemente seguida del respirar. El comer, por su esencialidad en la vida es uno de los elementos más poderosos que el hombre ha transformado en símbolos y de aquellos más transformantes de la conducta, sea humana, animal o vegetal.


Sobre el hecho de la alimentación se han alzado culturas completas, se han creado divinidades, se han edificado religiones. Baste mencionar que nuestras culturas prehispánicas en México poseían una fuerte cosmología basada en el maíz: en su ser alimento, medicina, augurio y su poder divino. O, traer a la memoria la leyenda conocidísima de la fundación de la ciudad de Roma, donde una loba amamantó a los fundadores Rómulo y Remo. Incluso, nuestro cristianismo, con raíces judaicas, donde la historia de salvación viene trazada por este elemento: un fruto que hace perder la Gracia de Dios, un pan que cae del cielo para acompañar alimentando la pena del desierto, y el Hijo de Dios que se hace comida y bebida para perpetuar su presencia entre nosotros. Sacramento y memorial que hasta hoy se realiza.


En el tercer día del Jubileo de la tierra, en el que venimos inspirándonos para obtener algunas ideas de cómo fortalecer nuestro ser agradecidos y responsables para con nuestra “Madre tierra”, el evangelio de hoy destaca precisamente este sentido de amor maternal y providente, que ciertamente suponen el gobierno y el sostenimiento del que hemos ya hablado, pues Jesús el Señor interviene en una jornada nocturna de los pescadores que habían encontrado un mal momento en el mar al no lograr pescar nada. El pasaje es revelador si destacamos el hecho de que Jesús, sin conocer el oficio de pescador, da órdenes concretas para un nuevo intento de pesca y, los verdaderos expertos en el oficio obedecen. Le dice Pedro, totalmente obediente: “confiado en tu palabra echaré las redes”.


Lo ocurrido es signo de la abundancia de la Providencia de Dios. Es revelación del inmenso amor del Creador por sus criaturas que no deja nada para sí, al punto de dar hasta su propio Hijo como vida y alimento del mundo. Pues: “cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. (…) y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.” (Lc 5, 1-11). La Providencia de Dios es desmedida y jamás bajo la lógica del merecerla o ganarla. Es puro don gratuito.


Francisco de Asís poseía esta convicción. Sabía que Dios se da a manos llena y sin miramientos. La ejercía sin distinción sobre justos y pecadores. La “Madre tierra” es una de las expresiones más visibles de su dar “el pan nuestro de cada día” a buenos y no tan buenos. Cada vez que en el Padrenuestro decimos “danos hoy el pan de cada día” estamos reconociendo lo admirable de su maternidad que se hace providencia a través del lenguaje amoroso de la Creación. Cada fruto, cada grano, cada sorbo de agua que bebemos, es un cántico de cuna que no ofrece Dios, para quien siempre seremos sus hijos necesitados de alimento.


Es deber nuestro reconocer que nuestro planeta nos alimenta y sostiene. Que cada bocado que consumimos es fruto del amor invisible que se expresa con el lenguaje del “pan nuestro de cada día”. Por tal motivo, es necesario ser solidarios con esta expresión providencial usando lo necesario, con medida y respeto que nazcan de la conciencia de que existen tantos que no cuentan con lo necesario para vivir. Haciendo uso correcto de lo que nos hace falta y dejando que los demás también se sirvan del fruto de ese amor concreto de Dios para con todos.


Enterarnos de las situaciones de hambre y de escasez de recursos en el mundo, hoy en día es sabernos egoístas e inconscientes de esta realidad que debería estar unida íntimamente a la profesión de nuestra fe. Pues no podemos pedir el pan cotidiano cuando existen otros que no tienen derecho ni a lo más esencial para subsistir. Seamos conscientes con la Madre Tierra que nos ama junto con Dios; amándola recíprocamente, cuidándola y defendiéndola. Desde casa podemos iniciar este acrecentar nuestro amor por ella y su defensa. Amemos más a Dios por todo aquello que nos da.



Paz y bien.



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