• Luis Diego Segura

El Rosario, oración encarnada


"Un Dios que acompaña la historia y sus procesos, como cada cuenta del rosario."



San Pablo VI, acertadamente decía que:


“quien desea ser cristiano, debe ser mariano”

precisamente no por un sentimentalismo piadoso, sino por el valor de María dentro de la tradición cristiana.



El rosario hace un recorrido contemplativo por la vida de Jesús, una oración meramente cristológica, con un valor catequético fundamental, y por eso desde los humildes, desde los sencillos del Magníficat, ha sido un instrumento de fe en muchos cristianos, que estuvieron alejados de los grandes debates teológico-dogmáticos. Desde la religiosidad popular, -fuente de la tradición, también-, no podemos obviar como el rosario ha materializado la esperanza de un pueblo de Dios, que se fija en un rostro materno, cercano, compasivo y humilde, sin ínfulas de poder.



La devoción al rosario, ha sido el acceso para entender el Misterio de Cristo, y la revelación de un Dios encarnado, centro de la fe cristiana, una oración que evoca el Dolor humano y la esperanza de la Resurrección pascual. Un Dios que acompaña la historia y sus procesos, como cada cuenta del rosario.



Cuando surge la tradición de esta oración en el siglo XIII, con Santo Domingo de Guzmán, la Iglesia vivía sumida en la ignorancia, en la pobreza y en un modelo clerical apartado de las necesidades del pueblo, María sale el encuentro, como lo hizo con Isabel su prima, para servir de modelo de una Iglesia comprometida con el testimonio de la verdad.


María, escuela de contemplación quien "todas las cosas, las meditaba en su corazón", es para nosotros, el ideal para la Iglesia, como la coloca el Vaticano II, quien con su sí generoso, con su servicio, pudo ser servidora, apóstol, modelo de fe.


El rosario nos habla de una sana antropología teológica, sobre todo pensando al ser humano como constructor de la historia, de su labor de “mediar” entre Dios y la realidad, recuperando el papel de la mujer en la historia de la salvación (y no como un ente pasivo), el Rosario le hace justicia a las mujeres, a María, a una humanidad total creada para la salvación. En esta oración repetimos constantemente, que Dios se ha hecho carne, marcada por la vida, por la historia , por el sufrimiento y por la esperanza.



Las tareas para la formación mariológica actualmente, deben de impulsar una mariología aterrizada, que no eleve de forma mágica o “idealizada las cualidades de María” (Gebara, I y Lucchetti, 1991), sino que la ubique desde sus búsquedas y la respuesta que brinda al proyecto del Reino, María “vive de Dios” y esto en un grito profético, ya que María encara los sentimientos del Pueblo, que busca el auxilio de Dios.



Además es pertinente, acercase a María desde una ubicada hermenéutica bíblica, de manera que las interpretaciones más realistas, surjan de los textos de la Sagrada Escritura, que hablan de ella. María en el NT habla de Dios, de su Reino, de su Hijo, de la divinidad vivida por la mujer, de los escogidos de Dios “los pobres”, y la justicia que procura Dios y de la presencia del Espíritu en ella, que pare la vida, y que nos urge a todos a parir el proyecto del Reino. María se coloca en medio de la comunidad cristiana en Pentecostés, discípula-misionera, hermana y compañera de misión, no como una reina separada, ni estática (imagen del Documento de Aparecida).




El documento Marialis cultus, claramente afirma:


“María de Nazaret, fue algo del todo distinto de una mujer pasivamente remisiva o de religiosidad alienante, antes bien fue mujer que no dudó en proclamar que Dios es vindicador de los humildes y de los oprimidas y derriba sus tronos a los poderosos del mundo (cf. Lc 1, 51-53); reconocerá en María, que "sobresale entre los humildes y los pobres del Señor (104), una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio (cf. Mt 2, 13-23): situaciones todas estas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad; y no se le presentará María como una madre celosamente replegada sobre su propio Hijo divino, sino como mujer que con su acción favoreció la fe de la comunidad apostólica en Cristo (cf. Jn 2, 1-12) y cuya función maternal se dilató, asumiendo sobre el calvario dimensiones universales”

(n. 37).



Quisiera finalizar esta reflexión, pensando en la necesidad configurar nuestro testimonio cristiano, nuestra oración mariana, con una sana vivencia de la fe popular. El Rosario, estoy convencido que puede ayudarnos; a vivir esa fe encarnada, en medio de la Iglesia, y las palabras de San Óscar Romero, obispo y mártir de la verdad, son esclarecedoras:


“El verdadero homenaje que un cristiano puede tributar a la Virgen es hacer con ella es esfuerzo de encarnar la vida de Dios en las vicisitudes de nuestra historia transitoria”.

Referencias bibliográficas:

Documento de Aparecida, 2007.

San Pablo VI, Marialis cultus, 2 de febrero de 1974.

Gebara, I; Luchetti, M. (1991) Mysterium Liberationis, San Salvador: UCA Editores.


(Imagen de la "Madonna del rosario di Pompei" que forma parte del patrimonio artístico del convento franciscano de la fraternidad Santa Croce en Tivoli Italia. Se encuentra en el refectorio de la fraternidad para veneración exclusiva de los frailes)



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