2020-2021: vértice de renovación



ADVIENTO 2020

"Si falta Dios, falla la esperanza. Todo pierde sentido" Benedicto XVI



Empezamos un nuevo año litúrgico y con él la oportunidad de renovar la esperanza, sobre todo en estos tiempos donde la incertidumbre nos asecha.



Es importante para los cristianos ir a la fuente de nuestra tradición: la Sagrada Escritura, donde toda la revelación está atravesada por la convicción de que el Dios de la vida y de la creación es el Dios de la salvación. Toda la historia está enraizada en el ideal de la “promesa”, que garantiza el bien para el futuro (idea que debe de resonarnos, en medio de informaciones que parecen profecías de calamidades). Un futuro pleno, es el que se augura desde la Biblia.



Podemos ejemplificar lo anterior, donde Dios interviene por el justo:

"¡Ay, si estuviera seguro de ver la bondad de Yahveh en la tierra de los vivos! .Espera en Yahveh, ten valor y firme corazón, espera en Yahveh."

Salmo 27, 13-14.



Y sobre todo quisiera, resaltar la visión de los profetas quienes siempre tienen una visión optimista del desenlace final de la historia, a pesar de que las circunstancias sean difíciles para el pueblo:

"Porque así como los cielos nuevos y la tierra nueva que yo hago permanecen en mi presencia - oráculo de Yahveh - así permanecerá nuestra raza y nuestro nombre."

Isaías 66, 22



En el adviento la esperanza escatológica, se reaviva como una oportunidad de revisar nuestra fe y sobre todo nuestra confianza en ese Dios que nos ama, pero dicha esperanza debe de sostenerse, no desde una pasividad, sino por medio de una actitud vigilante, como las vírgenes prudentes del relato neotestamentario, quienes estaban preparadas para la venida del Señor. Y es que todos los días, "Dios viene", como nos recuerda Benedicto XVI: “se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento 'Dios viene'."



Es urgente en medio de esta pandemia, descubrir esa presencia leal de Dios, que no defrauda y nos deja desamparados, y sobre todo, como anunciar con valentía al mundo que Dios vive en medio de nosotros, se convierte en un mandato irremplazable. ¿Qué garantía tenemos de esto? Cristo, en quien Dios cumplió todas sus promesas, y le demostró su amor y fidelidad…

"¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?

Rom 8,35.



Hay que resaltar la integralidad de la esperanza propuesta en Adviento, una esperanza que tiene que ver con la buena nueva de la salvación, con aquella iniciativa de Dios que plenifica no solo realidad personal, sino la historia, la creación y el cosmos. Esta verdad debe impulsarnos a dar un testimonio coherente, a encarnar con actitudes solidarias, ecológicas y corresponsables las diversas crisis que vive la humanidad. El Reino es ahora, desde ya podemos construirlo.





No podemos olvidar el origen de esa esperanza, que es don de Dios, su fundamento exclusivo es Dios, no «seres de polvo que no pueden salvar» (Sal 146,2), su generosidad infinita, y que es novedad (nueva creación). Ponerse en las manos de Dios, es la respuesta adecuada, de parte nuestra, pero esto a la vez implica un ocuparse de la historia, para que Dios viva en medio de nosotros y de nuestras preocupaciones, tristezas y alegrías, en un mundo que cada vez más quiere excluir a Dios.



Dios desea librarnos de la muerte, del mal, de la enfermedad, de todo lo que sea obstáculo para nuestra libertad. Es necesario recordar al gran teólogo de la esperanza, Moltmann (1926- ): “No es posible una teología de la esperanza que no esté atravesada por la cruz y el sufrimiento; ni una teología de la cruz que no esté preñada de la esperanza que otorga la resurrección”.



En medio de esta crisis mundial, considero que es oportuno vivir a profundidad este Adviento, si falta Dios, falla la esperanza y se pierde el sentido. Tantas personas en crisis, viviendo duelos, estas realidades tientan al hombre, a pensar en que nada tiene sentido, ¡Maranathá! Dios está aquí, no nos ha dejado solos.



Quiero terminar esta reflexión pensando en María, mujer de adviento; encinta, gestando la vida, esperando gozosamente (sin duda con cierto temor) al Salvador. María es ese rostro materno de Dios que desde la sencillez se vuelve a nosotros. Y que nos enseña a confiar en ese Padre que nos ama. San Bernardo (1090-1153) dijo:

“Nunca la historia del hombre dependió tanto, como entonces, del consentimiento de la criatura humana”.

A ejemplo de María, nosotros también estamos llamados a gestar el misterio de la encarnación, del Dios con nosotros, desde nuestras propias circunstancias. Abriendo el corazón a Dios y dejándonos habitar por el Espíritu.



En este tiempo Adviento, vayamos a la Madre de Dios, quien tendrá en la liturgia un protagonismo considerable, ella nos enseña a buscar la voluntad de Dios y a dar respuestas desde nuestras convicciones. Compartamos unidos su alegría, “el júbilo de la criatura que se siente amada por el Creador, al servicio del Santo, del amor, de la belleza, de la eternidad. Es la plenitud de la alegría” como apuntaba en su reflexión de Adviento, el -ahora cardenal- P. Cantalamessa, OFM Cap., a la Casa Pontificia.





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