Ética pública, imposible, pero necesaria

Lo ético es necesario para devolverle al individuo la opción de ser realmente humano,


Aristóteles clasifica al hombre como Zoon politikon (Aristóteles, 2011), un ser social por naturaleza que por encima del resto de los animales puede relacionarse políticamente y construir sociedades para satisfacerse así mismo y los suyos.

La asociación de muchos pueblos forma un Estado completo, que llega, si puede decirse así, a bastarse absolutamente a sí mismo, teniendo por origen las necesidades de la vida, y debiendo su subsistencia al hecho de ser éstas satisfechas”.

(Aristóteles, 2011)


Sin embrago, las complejidades resultantes de la asociación entre los hombres han demostrado que el pacto social en el que los individuos libres ceden al Estado y sus instituciones la regulación de sus relaciones y la creación de las condiciones para que los primeros satisfagan sus necesidades básicas no ha sido suficiente para conquistar ni lo uno, ni lo otro; entonces, ¿cómo garantizamos el cumplimiento de los ideales imaginados por los clásicos, los modernos y todos aquellos que han contribuido a la creación de las bases para la integración y el estudio del hombre como ser social, cuando incluso las leyes no son eficientes para regular la vida comunitaria?


Adela Cortina (1947- ) oscurece aún más la situación exponiendo la desesperanza que existe desde los individuos hacia las instituciones creadas para administrar y regular las interacciones y recursos de la sociedad, señala que ni políticos, ni periodistas o jueces son ya voz de los hombres, pues todos ellos han vendido el propósito por el cual existen intercambiándolo por prácticas encaminadas a satisfacer su interés particular y el de los grupos a los que pertenecen, procurando así mantener el poder.



En su análisis hace visibles tres razones fundamentales que demandan la existencia y práctica de la ética en lo público. Y sin ir más lejos esta necesidad es palpable en las oficinas de la administración pública; en las áreas marginadas de todos los asentamientos humanos; en las calles repletas de basura; en las filas para demandar servicios; en la información que consumimos a través de internet, periódicos y noticieros televisivos; entre las personas y los países; entre lo público y lo privado.


Continuando con la exposición de Cortina; la primera de ellas hace referencia al hecho de que las instituciones no están exentas de moral, su comportamiento igual que el de los individuos se mide en la escala de lo desmoralizado a lo altamente moral. La moral de las instituciones tiene que ver con el cumplimiento del objeto para que estás fueron creadas, así como la imparcialidad en su trato a todos los individuos (principio de universalidad). De esta manera las instituciones y organizaciones públicas legitiman su existencia, pues actúan bajo la base de lo que es propio del ser humano y no buscando la realización de un interés particular, el de quien las dirige, por ejemplo.


Segunda, en la era de la globalización el desarrollo económico nacional depende más de las economías internacionales y menos de las políticas de cada país. Con lo que además, las instituciones nacionales y locales se han colocado frente a los ojos del mundo, las relaciones de los países con sus pares obligan a mantener en sus organismos altos estándares de moralidad, que como ya se dijo, será medida a partir del cumplimiento en forma y fondo de los propósitos que justifican su existencia.


Tercero, los problemas de siempre como la inequidad en la distribución de la riqueza, la necesidad de paz entre naciones y entre vecinos, la necesidad de la paz, el abatimiento del terrorismo y los enfrentamientos por cuestiones religiosas son ahora aderezados con los problemas surgidos con la globalización; tales como el debilitamiento del conocimiento a través de la palabra y la prominencia de la imagen, “vemos más, razonamos menos”, el homo sapiens es sustituido por el homo videns; tenemos acceso a importantes flujos de información que nos llegan de cualquier parte del mundo, datos que no son siempre verídicos y que lamentablemente no siempre tienen un efecto positivo, ya que somos como con otros muchos productos, consumidores pasivos.



Integrarnos a la economía del mercado internacional nos ha brindado la posibilidad de encontrar en cada pueblo productos de todo el mundo; sin embargo, parece que estamos frente al fin de la civilización del trabajo, que durante mucho tiempo ha sido un símbolo de identidad y fuente de ingreso, y sin embargo no se ha logrado una justa remuneración que permita a todos comprar los productos que el mercado internacional ofrece, las desigualdades se han incrementado y con ello ha crecido también la desintegración de las sociedades; los índices de delincuencia crecen exponencialmente y como nunca se cuestiona la vigencia del Estado de Derecho.


Es decir, nos hemos configurado en sociedades complejas a las que la libertad y el pacto social no les son suficientes; la primera limitante es que la opción de elegir no es para todos, incluso al elegir no contamos con buenas alternativas para hacerlo y generalmente ejercemos ese derecho como herramienta de castigo. Segundo, porque no todos somos tratados con justicia, así que hemos sustituido esos derechos con la violación sistemática de algunas o muchas de las condiciones del pacto para buscar que nuestros fines se resuelvan con otros métodos. Estamos viviendo en democracias que nos prometieron participación y representatividad para todos; pero no tenemos ni lo uno ni lo otro.


Hasta aquí nos hemos centrado en la necesidad de una ética de las instituciones y organizaciones del Estado; pero la consideración más importante de este texto es que la ética pública trasciende al Estado, cada agente como elemento integrador de una sociedad tendría que asumirse responsable en la construcción de esta ética para todos, puesto que la ética que demanda nuestra realidad debe partir de lo que es esencial al ser humano.

“La expresión ética pública se refiere a la vida pública en su conjunto, es decir, no sólo a las organizaciones e instituciones del Estado, sino también a cuantas tienen con sus actuaciones consecuencias públicas y precisan, por tanto, ser públicamente legitimadas”.

(Cortina, 1998).


Aquí nos enfrentamos con el problema de que la mayoría de los ciudadanos del mundo moderno nos sentimos desplazados en las sociedades globalizadas. La economía, la producción en masa, la acumulación de los recursos, el poseer y el éxito son ofertados como el fin de la existencia y por lo tanto como más importantes que la persona misma. Como individuos perdemos dignidad, vemos nuestra cultura discriminada y nos despersonalizamos entendiéndonos como “otro medio de producción cualquiera”, dejamos de asumirnos constructores de la historia de la que somos parte, le restamos valor a nuestro actos cotidianos y nos descartamos como capaces de influir en ella y por lo tanto sin ninguna responsabilidad sobre los problemas que nos aquejan; caemos en el extremo de justificar acciones ilegales porque en un contexto así, las leyes y las normas vigentes son sólo palabra escrita, regulaciones ajenas a nuestras vidas nos regimos entonces por códigos de la vida práctica; terminando así por aceptar actos de corrupción de aquellos que por tener una razón perezosa nos han dicho que no es posible nada mejor.


Más allá de leer un listado de los problemas que afectan a nuestro mundo, es necesario visualizarlos como una consecuencia del relajamiento de la ética que debe caracterizarnos como seres humanos; estamos viviendo bajo la práctica de una moralina (Cortina, 1998), es decir la ortodoxia de lo éticamente correcto, que tiene como centro de manufactura los organismos internacionales, quienes nos regalaron el lenguaje políticamente correcto, pretendiendo con éste saldar la deuda que tienen con cada ser humano y en aras de ser inclusivos con cada una de las culturas que conviven en el mundo globalizado. Hoy por hoy todos hemos asumido ese lenguaje como propio y en el discurso nos identificamos más que por nuestras nacionalidades como veganos, ecologistas, feministas y defensores de otras minorías. Estamos viviendo en el engaño de creer que al vivir bajo el amparo de este discurso combatimos necesidades reales, sin embargo sólo las maquillamos; porque lo verdaderamente ético trasciende al discurso para ir a la acción.


Lo ético es necesario para devolverle al individuo la opción de ser realmente humano, porque la valoración de nuestros móviles de acción a la luz de lo justo, de lo conveniente para toda la humanidad y no sólo para nuestros intereses nos permite reconfigurarnos, sabernos con la capacidad de trabajar con el otro para lograr fines comunes, es el reencuentro con la persona que se es y la persona que es el otro. Conviene entonces preguntarse, en palabras de Alexis de Tocqueville (1805-1859), ¿cuáles son nuestros hábitos del corazón? A los que él se refiere como:


La suma de las disposiciones morales e intelectuales de los hombres en una sociedad, incluyendo en ellas la conciencia, la cultura y las prácticas diarias.


Bibliografía

Aristóteles, 2011. La Política, Libro. Fondo de Cultura Económica. México.

Cortina, Adela, 1998. Hasta un pueblo de demonios, Ética pública y sociedad. Taurus. Madrid, España.

Tocqueville, Alexis De, 1985. La democracia en América. Fondo de Cultura Económica. México.


#etica #eticapublica #sociedad #panoptico #civilta #derechos #diritti



Contactame:

sara.nereida@gmail.com

https://www.instagram.com/snereidav/?hl=eshttps://www.facebook.com/saranereida.varelalara

36 vistas2 comentarios

©2020 PALABROS